miércoles, 28 de septiembre de 2011

LA HISTORIA DE MOGOTES, UN PUEBLO ARMADO DE CORAJE CONTRA LA VIOLENCIA

http://www.eltiempo.com/justicia/la-paz-tambien-se-premia_10444644-4

Publicado en El Tiempo:


Un municipio con su propia Constituyente / Premio Nacional de Paz

Mogotes
Imagen de la plaza central de Mogotes, municipio santandereano.
Foto: Archivo

Esta es una de las crónicas de colombianos que se armaron de coraje en contra de la violencia.

Hasta el 10 de octubre están abiertas las postulaciones al Premio Nacional de Paz 2011, otorgado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, EL TIEMPO Casa Editorial, Caracol Radio, Caracol Televisión, Revista Semana, Proantioquia y Fescol.

Las bases de la convocatoria y el formulario de inscripción están disponibles en la página www.fescol.org.co. Los aspirantes deben enviar sus propuestas en la sede de Fescol (Calle 71 No. 11 - 90) en Bogotá.

El galardón se otorga desde 1999 a una o varias personas o entidades que hayan contribuido de manera destacada a concretar y realizar procesos exitosos de paz que aporten a procesos de reconciliación y apoyo a las víctimas.

Esta es la historia del Pueblo Soberano de Mogotes, el primero en recibir este premio. Fue publicada en el 2010 en el libro 'Crónicas. Premio Nacional de Paz'.

Los Soberanos
La casa soberana es ahora silencio; desde el solar vienen los gorjeos de copetones, cadilleros y palomitas y en la cocina suena bajo un vallenato. Flor Figueroa limpia los asientos que bordean el patio interior. Lo hace pese a que desde hace cuatro años nadie los ocupa. Son sillones abultados, taburetes de espaldar recto y sillas livianas donde antes pasaban las tardes de domingo los miembros del comité operativo de la Asamblea Municipal Constituyente de Mogotes (AMC). Ahora ellos, los soberanos, van de uno en uno, de tarde en tarde y prefieren charlar en la cocina o en el patio trasero repleto de flores. En estos tiempos hablan en privado de duelos, viajes, enfermedades, tierras y animales. Antes, cuando llegaban los dieciséis se sentaban en círculo y hablaban de política.

Es domingo 2 de agosto y en Mogotes celebran misa a las diez. Flor Figueroa va a la ceremonia con fervor ¿porque Dios no es responsable de los actos de los sacerdotes ¿dice, y la bacterióloga practicante que vive en una de las habitaciones de la casa se dirige a la morgue del hospital donde yace el cadáver del segundo hombre asesinado en Mogotes en este 2009. Un rayo de sol entra por el postigo entreabierto y la casa parece menos sola.

También hay mercado en Mogotes. Los campesinos abarrotan las tiendas en busca de sal, aceite, jabón, harina y algunos granos antes de escuchar el sermón y luego tomar rumbo a las veredas. Hace cuatro años no tenían tanta prisa cuando era domingo de asamblea. Doscientos de ellos aplazaban compras y regresos para cumplir la cita ciudadana en el teatro Nazaret. Al final de la tarde, Mogotes era todavía una muchedumbre capaz de oponerse a la violencia, la corrupción y la pobreza con palabras y acciones.

Yolanda Díaz espera el bus que la llevará a Chuchiquirá, vereda a la que representó en la Constituyente y donde es líder de las juntas de acción comunal, del acueducto y de los fiqueros.
Su afán es regresar a la casa antes del medio día para abrir la tienda que le completa el sustento. Como es domingo, los campesinos paran en su fonda y piden maltas, gaseosas y cervezas; en semana procesa el fique que cultiva en hectárea y media de tierra familiar.

A esos oficios se dedica desde que el proceso constituyente entró en receso. ¿Nosotros creíamos que éramos de hierro, pero las agresiones nos hicieron mella ¿confiesa, y luego reflexiona¿: Aquí ya saben que uno piensa diferente y por eso los que nos reuníamos en la casa soberana estamos señalados. Yo digo que simplemente tenemos identidad.

El bautizo
Las campanas llamaron a misa el 20 de diciembre de 1997. Los mogotanos, sobrevivientes de los nueve días de pánico que siguieron al ataque guerrillero del 11 de ese mes, tomaron las empedradas calles rumbo a la catedral.

Los pasos los llevaron sobre las huellas de la metralla disparada por 150 guerrilleros del frente Efraín Pabón del Eln; trajeron el recuerdo de Ana Duarte, Ofelia Rojas, Álvaro Bautista, Luis Leal y Luis Alfonso Torres, las dos civiles y los tres policías asesinados durante el enfrentamiento; e inspiraron rezos por la vida de Doryam Giovanny Rodríguez Avellaneda, el alcalde de apenas 23 años secuestrado por los subversivos para juzgarlo por continuar las prácticas de su padre Luis Alberto Rodríguez, a quien los guerrilleros señalaron de esquilmar las arcas municipales en cuatro periodos de gobierno.

En la iglesia, durante el colofón de la toma pacífica del poblado en la que participaron unas 3.000 personas, el miedo cedió ante las palabras de los sacerdotes que infundieron dignidad y valor frente a la primera toma guerrillera a un municipio de la provincia de Guanentá, Santander.

Ese día en Mogotes circuló un comunicado recio en el que Leonardo Gómez Serna, Obispo de Socorro y San Gil, y Ernesto Serrano Rueda, Vicario General, denunciaron y rechazaron la violencia ejercida por el Eln, la corrupción de los dirigentes políticos en el poder, la complacencia de algunos líderes que frente a malos manejos sacaron provecho y la negligencia de las autoridades que debían investigar y no lo hicieron.

En consecuencia con lo expuesto, los sacerdotes solicitaron a los insurgentes respetar la vida de todos y dejar en libertad al Alcalde; sugirieron a los funcionarios de la alcaldía renunciar; pidieron a los grupos políticos enfrentados con el Alcalde abandonar el debate, abstenerse de participar en las siguientes elecciones y permitir que las organizaciones cívicas y comunitarias lideraran una elección libre y soberana de representantes y gobernantes.

¿Sugerimos ¿agregaron los religiosos en el mensaje público¿ a todos los ciudadanos y ciudadanas mogotanos, que en un acto de conciencia y de responsabilidad se declaren en desobediencia civil con la presente administración y con todos los grupos políticos que han manejado los intereses, las instituciones y los recursos del municipio, e instalen una asamblea local que conduzca a Mogotes en este momento, hasta que todo finalice en unas elecciones libres, transparentes y verdaderamente democráticas.

Las palabras del Obispo avivaron el fuego de la tradición comunera de Mogotes. Él, ordenado en el auge de las ideas revolucionarias del cura Camilo Torres y tocado por el llamamiento de Golconda-Buenaventura firmado en 1968 por cincuenta sacerdotes comprometidos con la defensa de los pobres, expuso que un pueblo sólo puede gobernarse con justicia si se hace soberano. Ese fue el mensaje que envió, el camino que señaló.

¿Nosotros conocimos el planteamiento de la Iglesia antes de la marcha del 20 ¿relata José Antonio Díaz, líder soberano¿. Unas 50 personas nos reunimos con los sacerdotes al otro día de la toma pensando en qué hacer. Se lanzó la idea de una marcha pero nosotros no podíamos solos. La Iglesia era la única que podía hacerle un llamado la subversión. Entonces los que estábamos ahí dijimos que la Iglesia era la única que podía ayudar y los religiosos nos escucharon.

Un sacerdote misionero, formado en el seminario de Yarumal bajo la consigna de San Lucas "A evangelizar a los pobres me envió el Señor", fue designado para acompañar a Mogotes. Joaquín Mayorga, curtido en resolución de conflictos, algunos de ellos con actores armados en Buenaventura y Santander, propuso las primeras preguntas: ¿por qué se dio la toma guerrillera?, ¿cuáles son las consecuencias de esa acción?, ¿qué es necesario hacer? Un grupo de líderes salió por calles y veredas a construir las respuestas con las voces de los ciudadanos.
Mientras los laicos avanzaban en la pesquisa social a través de asambleas vecinales, los curas se acercaron a los grupos armados. Joaquín Mayorga, hoy en el exilio, cuenta que buscó acercamientos con la guerrilla: ¿Usando la figura de los diálogos pastorales buscamos la liberación del Alcalde. El ELN estaba radicalizado, al retener al muchacho quería obligar a su padre a presentarse para ajusticiarlo por corrupción.

Después de tres meses de conversaciones con el frente Efraín Pabón, mediante los líderes del frente Domingo Laín, el Alcalde recobró la libertad el 3 de abril de 1998 y se comprometió a renunciar al cargo, a no participar más en política, a desistir de apoyar grupos paramilitares y a abandonar Mogotes con sus padres.

A la liberación del Alcalde, considerada el primer logro del trabajo en comunidad, se sumó el diagnóstico. Según las indagaciones y tal como lo cuenta hoy Joaquín Mayorga, tres ejes soportaban el conflicto. Frente a la violencia ejercida por la guerrilla, los paramilitares y el Ejército, las familias abandonaban las tierras, guardaban silencio o se unían con uno de ellos. La corrupción la encaraban lamentándose, aliándose con el poderoso o denunciándolo pese a no creer en la justicia. Y la pobreza los llevaba a emprender proyectos productivos que casi siempre fracasaban, tras lo cual sólo les quedaba emigrar para no caer en la indigencia.

Una Asamblea Municipal Constituyente fue la figura creada para institucionalizar un proceso que ya se conocía en la cabecera municipal y en las 29 veredas de Mogotes. La Constituyente fue creada para "trabajar por el desarrollo integral, la construcción de la paz y el ejercicio libre de la soberanía popular". Los 240 delegados, organizados en doce comisiones, coordinados por quince representantes y presididos por tres personas, se reunieron para instalar la asamblea el 6 de abril de 1998, y esta emitió su primer mandato soberano. Solicitó, mediante una consulta popular, que el Alcalde recién liberado renunciara. El 27 de abril, 4.474 ciudadanos, de un total de 4.880 votantes, apoyaron la propuesta de la AMC. Este resultado y la renuncia del Alcalde el 9 de mayo siguiente le dieron al pueblo una fortaleza política desconocida hasta entonces en Colombia.

La comunión
José Antonio Galán yacía en la mesa de comer de la casa del cura de Mogotes. No había muerto por el arcabuz de la corona española, ni descuartizado por los verdugos, ni exhibidos su cabeza, sus manos y sus pies en Guaduas, El Socorro, San Gil, Charalá y Mogotes. Yacía con su carne hecha pan: harina, huevos, mantequilla, sal y levadura al fuego. El líder comunero era un extraño cuerpo diseñado y horneado por partes según los imaginarios de cada soberano y a diferentes temperaturas.

El cura no dijo cuerpo de Cristo para inducir a los soberanos a la comunión. Simplemente la ofreció y ellos, dieciséis, tomaron trozos y los llevaron a sus bocas. Los masticaron, supongo, como jamás lo habrían hecho con la hostia fabricada apenas con harina y agua. Entraron en unión mística con el líder que perdió la vida 217 años atrás, como agitador de la Revolución Comunera. Invocaron el coraje con que él defendió los derechos de indígenas, negros y mestizos y le pidieron al Espíritu Santo los bañara con sabiduría para guiar a su pueblo.

Los que comulgaron no eran criollos asfixiados por el control a los cultivos de tabaco y la producción de aguardiente o inmovilizados por la prohibición del trueque como lo fueron los primeros comuneros. Eran ciudadanos colombianos agobiados por guerrilleros y paramilitares que secuestraban, extorsionaban, masacraban y destruían; birlados por administradores locales corruptos, hegemónicos y autoritarios; empobrecidos por los bajos precios del fique, fibra natural reemplazada por hilos sintéticos duraderos y baratos. Eran los líderes de la AMC de Mogotes, los que fueron elegidos por más de dos centenares de conciudadanos para que los representaran en la máxima instancia de gobierno, los que se disponían una tarde de 1998 en unión política y religiosa a cumplir una misión escrita en decenas de cartulinas: "Con la Biblia y la Constitución, haremos la revolución".

Un poder simbólico ungió a los soberanos, quienes recuerdan la convicción y el valor con el que, como miembros del comité operativo, encararon la misión de hacer de Mogotes un pueblo soberano.

José Antonio Díaz, aún convaleciente después de un infarto, revive el momento: ¿Estábamos tan convencidos que no creíamos que pudieran detenernos. Queríamos hacer todo bien y rápido. Yo me entregué al proceso. Álvaro Abril, maestro desde hace 33 años y experto en los dramas de los más pobres, reconoce cuál fue su inspiración: ¿Me animó el valor del campesino que viajaba horas en bestia para llegar a la reunión. Y si ellos, la mayoría pobre y sin educación, trabajaban por su pueblo, ¿por qué yo no iba a hacerlo si tenía mejores condiciones en muchos sentidos?
Carmenza Rojas, quien perdió a su hermana menor en la toma guerrillera, se declara convencida de la necesidad del cambio social en Colombia y dice: ¿Yo me dediqué a la Asamblea de día y de noche, en semana y los domingos. Leonardo Padilla recuerda por qué se unió al proceso mientras repasa las actas de la Asamblea en su computador portátil: ¿Yo fui soldado y uno del Ejército sale con el cerebro lavado, a uno le construyen pensamientos para la guerra. Yo escuché a los líderes en 1998 y me quedé con ellos convencido de que era posible cambiar nuestro destino.

Héctor Zanguña maniobra la cabrilla de su autobús rumbo a San Gil y rememora su niñez huyendo de los conservadores en los brazos de su padre. ¿Porque he sufrido la persecución política estaba seguro de que un proceso democrático era sano para todos ¿confiesa. Yolanda Díaz, ya en el bus que la llevará a su casita azul reflexiona: ¿Yo estaba convencida de que teníamos responsabilidades en todo lo que pasaba y que como ciudadanos debíamos actuar. A mí, por ejemplo, me tocaba enfrentar a mi papá; en cosas de política éramos agua y aceite.

Las palabras de Joaquín Mayorga, pronunciadas con la energía de los expertos en el púlpito, son útiles para sintetizar las vocaciones de cientos de mogotanos: ¿Teníamos la fuerza para emprender un proceso subversivo en el sentido de que en Colombia nunca el pueblo se había gobernado realmente y la oportunidad de hacerlo en Mogotes estaba dada. Así que emprendimos un proceso que sin ser ilegal no estaba enmarcado totalmente por las leyes. De eso nos dimos cuenta después. Nos acogimos al artículo 3 de la Constitución y ejercimos la soberanía.

En la voluntad del pueblo se cimentaron los mandatos soberanos, algunos de ellos inéditos en la historia de la democracia colombiana: las papeletas para la revocatoria del mandato del alcalde llevaban los nombres y las firmas de los sufragantes, que podían ser todos los mayores de quince años. Los servidores públicos debían ser honestos, conciliadores, capacitados para manejar lo público, políticamente imparciales, sencillos, serviciales, alegres, de buen genio y acogedores de la palabra de Dios.

Los candidatos a cargos de elección pública debían inscribirse ante la AMC. El candidato que resultara elegido estaba obligado a desarrollar el plan de gobierno elaborado por la Asamblea que, además, oficiaba como primera dama. Tomando como espejo el movimiento cooperativo, en torno al cual se organiza la vida de muchos pueblos en Santander, las jerarquías municipales cambiaron: el alcalde era considerado el gerente del municipio y los ciudadanos, asociados. Por lo anterior, el mandato del alcalde se reconocía sólo por un año, al cabo del cual era sometido a evaluación.

Además, la AMC participó en la elaboración del Esquema de Ordenamiento Territorial, organizó veedurías para el gasto público, nombró comisiones para elaborar proyectos económicos dirigidos a las comunidades más pobres y eligió voceros para reunirse con procuradores, gobernadores, obispos, grupos alzados en armas y agentes de organizaciones internacionales.

El 26 de julio de 1998, después de una campaña regida por principios éticos emanados de la Asamblea, José Ángel Gualdrón se convirtió en el primer alcalde de la nueva era de Mogotes.
Surgido del seno del proceso constituyente, el primer gerente del municipio ejecutó el plan de gobierno elaborado por el pueblo en las asambleas locales, trabajó en conciliación con el Consejo Municipal, rindió informes permanentes a las veedurías, alentó el trabajo social liderado por la Iglesia y tuvo el honor de recibir a decenas de visitantes colombianos y extranjeros que viajaron hasta Mogotes para conocer al pueblo ganador del Primer Premio Nacional de Paz en 1999 y, luego, sede de la presentación del programa Cien municipios por la paz.

La crucifixión
¿Quiénes fueron los autores?, ¿a qué horas lo hicieron?, ¿cuál fue el orden de la ejecución? Son algunas de las preguntas para las que no hay respuestas. Sólo se sabe que apenas abrió la mañana luminosa y fría de Mogotes, 16 patevacas del parque principal ya estaban decapitados.
La noticia entró a cafés y panaderías; se filtró por postigos, pasó de largo por los corredores y llegó a las cocinas; pegó en el hospital, en los colegios y en el cementerio; llegó al teatro, a la emisora y a los billares; pasó por el asilo de ancianos y llegó al albergue de las niñas; gritó en peluquerías, sacudió los expendios de carne, silenció la cooperativa; hizo eco en la capilla de la vieja normal, subió por carreteras, atravesó los sembrados de pencas y se conoció en las veredas. Los 13.000 mogotanos se turbaron con el mensaje y los soberanos entraron en pánico.
El mensaje se dirigía a los 16 miembros del comité operativo de la Asamblea (quince laicos y el padre Mayorga), los mismos que completaban cinco años representando al poder soberano. La imagen de los árboles descopados se convirtió en el símbolo de la
clausura del proceso constituyente de Mogotes, en el fin de una serie de amenazas, intimidaciones y ataques de los enemigos de la soberanía del pueblo, en el comienzo de los relatos fragmentados que los soberanos reconstruyen hoy como recuerdos y que todavía les producen taquicardias e insomnios.

Cinco días después de la toma, la madre del Alcalde secuestrado acusó al cura de Mogotes de incitar al Eln a perseguir a su familia.

Con sus declaraciones al periódico 'Vanguardia Liberal', Ligia Avellaneda marcó el tono de un señalamiento que aún pesa sobre quienes por esos días seguían a los sacerdotes en la búsqueda de un camino para que Mogotes alcanzara la paz. Todos, campesinos o curas, maestros o artesanos, transportadores o empleados, cargan todavía con la acusación de ser guerrilleros.
Las coincidencias entre algunos apartes del comunicado del Obispo conocido el 20 de diciembre de 1997 y los planteamientos expuestos por el Eln en un panfleto que distribuyó en enero de 1998 en Mogotes, reafirmaron a quienes habían levantado el dedo acusador.

Curas y guerrilleros escribieron en contra de la corrupción en el manejo de los dineros públicos y pidieron la renuncia de todos los funcionarios de la Alcaldía. La guerrilla agregó el reconocimiento de tener en su poder al Alcalde y la prohibición a los ciudadanos de unirse a las Convivir.

Apenas nació la AMC, que se gestó con él ánimo de la Iglesia católica en torno al análisis y solución de la corrupción, la violencia y la pobreza, ya estaba marcada por sus enemigos con el sello del Eln. A esa impronta acudieron los opositores del proceso: militares, políticos locales convertidos en gamonales, paramilitares, ciudadanos incómodos con mandatos soberanos, delincuentes comunes que pescaron en río revuelto y, paradójicamente, la misma Iglesia que le dio vida.

El mayor general Fernando Roa Cuervo y el general Tobías Durán Quintillana señalaron a la Asamblea de tener nexos con la guerrilla para quitarle fuerza al movimiento social. El primero dijo que el segundo se apuró a declarar que la consulta para pedir la renuncia del Alcalde había sido manipulada por el ELN, y el segundo que el ELN sacaba provecho del movimiento de Mogotes pues obedecía a intereses similares a su lucha.

No valieron las declaraciones del Obispo en contra de tales afirmaciones ni sus denuncias por los abusos de la fuerza pública en la población. Los uniformados protagonizaron escaramuzas y recorridos por las veredas haciéndose pasar por guerrilleros, allanaron casas campesinas, detuvieron sin orden judicial a un campesino, hermano de una delegada a la Asamblea, y lo presentaron como auxiliador de la guerrilla, poseedor de una granada y de un camuflado del Ejército.

Para mayo de 1998, a sólo un mes de instalada la Asamblea, cada soberano ya cargaba con su lápida, dice el padre Joaquín Mayorga para ilustrar hasta dónde llegaban los señalamientos. El mismo Obispo Gómez Serna denunció, el 20 de mayo, haber recibido un sufragio. Ese mensaje anónimo acrecentó los miedos, pues una amenaza para el máximo jerarca de la fe católica de la región era un mensaje para todos. Detrás del sufragio llegaron chismes, boletas, insultos, exclusiones y hasta un panfleto en el que acusaban a algunos soberanos de atracar buses, ganar dinero con el mercado del sexo, rezar de día y pasar la noche en los campamentos de la guerrilla, robar dinero de los cafeteros y vaciar las arcas del hospital.

En medio de estas aguas agitadas, la AMC de Mogotes recibió el Premio Nacional de Paz el 21 de octubre de 1999. Acontecimiento que sin duda le dio aliento, fortaleza y valentía para llegar a octubre de 2000, cuando sucedieron dos hechos transcendentales. El 11 de ese mes, los soberanos durmieron tranquilos. Lograron, durante tres días, ser espléndidos anfitriones de la presentación nacional e internacional del proyecto Cien municipios por la paz.

Pero al día siguiente volvió la zozobra cuando el ELN asesinó a Luis Alberto Rodríguez Vargas, el gamonal del pueblo, el padre del Alcalde vencido en la consulta, el mismo a quien los soberanos ubicaron en la otra orilla de la política7.

El asesinato del hombre que por casi dos décadas dominó a Mogotes también condenó a muerte a la Asamblea. Los no pocos seguidores del viejo dirigente conservador señalaron a los soberanos de estimular y auspiciar el crimen. Y ellos, abatidos por el miedo, se encerraron en sus casas a masticar su pánico y a esperar.

Unas horas antes del sepelio, el padre Mayorga, después de interrumpir un viaje al exterior y pese a los deseos de la familia en duelo de no verlo en la ceremonia y a la prohibición del Obispo de ir al pueblo, llegó a la casa cural y se encerró. Desde allí le anunció al país que comenzaba un ayuno hasta que el ELN, las Farc, los paramilitares y el Ejército manifestaran públicamente su respeto por la Asamblea, los constituyentes renovaran su compromiso político y la familia Rodríguez Avellaneda anunciara que no tomaría venganza.

Ocho días después y con las declaraciones escritas de todos los actores -incluida una petición de perdón del Eln por dañar el proceso- abandonó su huelga de hambre y se dispuso a la defensa de Pedro Neira, presidente colegiado de la Asamblea, encarcelado por su presunta participación en el crimen. Ocho meses tardó el juicio que exoneró al campesino de responsabilidades, quien, con su boleta de libertad en la mano, fue a Mogotes, vio sus calles por última vez y salió con su familia y sin un peso a buscar otro pueblo donde plantar su vida.

En las siguientes elecciones para alcalde, el 29 de julio de 2001, ganó el conservador Norberto Tijo quien, al cerrar su discurso de posesión ante la Asamblea, dijo: ¿A mí sí me toca trabajar con los partidos políticos. Si no trabajo con los partidos, Mogotes sigue atrasado. Pues, ¿cómo vamos a conseguir los recursos para el desarrollo de Mogotes? Ustedes saben que los presupuestos nacionales los dirigen los partidos liberal y conservador, principalmente. Los congresistas son de esos partidos y si uno no cuenta con ellos es muy difícil conseguir recursos. El gerente que estamos posesionando hoy, tiene que ser un gerente que haga gestión, que consiga recursos para Mogotes. Muchas gracias.

Con esas palabras, Tijo anunció el regreso de la vieja forma de hacer política. Lo demás fue como agua que corre por su cauce: el Alcalde aprobó el presupuesto por decreto; se encargó de dividir al Concejo para sacar ventaja; sometió a los constituyentes campesinos al rigor del hambre para que cambiaran de bando y estos sucumbieron, pues la AMC no pudo concretar proyectos para disminuir la pobreza; desconoció el llamado de la Asamblea a rendir cuentas, acusó a los soberanos de usar métodos violentos para ejercer veedurías y logró que el pueblo se fraccionara nuevamente. Si antes los mogotanos estaban divididos entre conservadores y liberales o entre seguidores de los Blanco y de los Rodríguez, ahora lo estaban entre los soberanos y los seguidores de Tijo.

Así, la Asamblea, en lugar de aglutinar a todos los ciudadanos, fue un motivo para la reaparición del sectarismo.

A los ojos de las altas jerarquías de la Iglesia debía ser intolerable que un pequeño grupo de sacerdotes estuviera en el centro de un violento torbellino político, en lo que se había convertido Mogotes. No de otra manera se entiende el traslado del Obispo Gómez Serna a la diócesis de Magangué el 18 de diciembre de 2001, y el relevo de todos los sacerdotes que intervinieron en la AMC. Unos fueron enviados a Bogotá; algunos, a otras provincias de Santander; y Joaquín Mayorga, a hacerle compañía a Gómez Serna en la conflictiva región del sur de Bolívar de donde salió hacia el exilio. Monseñor José de Jesús Pimiento -ya retirado, conocido por sus posiciones ultraconservadoras y nombrado administrador apostólico de Socorro y San Gil- fue el encargado de firmar con su puño y letra la salida de Mayorga de su diócesis de origen.

Los soberanos quedaron en la orfandad. Sin los sacerdotes que fueron guías espirituales y políticos se sentían desprotegidos. ¿Algo pasa en el seno de la Iglesia ¿decían apenas. Así, en la impotencia los tomó otra tragedia.

El 14 de julio de 2002, a eso de las seis y treinta de tarde, llegó al parque la noticia. En el asilo de la Hermanas de los Pobres había sido asesinada la hermana Marta Inés Vélez Serna, líder soberana, capaz de manejar un tractor, abrir un potrero, ordeñar animales y dar su vida por los ancianos y las niñas de su hogar. Caía la tarde cuando dos encapuchados forzaron los candados, ingresaron preguntando por la hermana y al verla le dispararon en varias oportunidades. Recibió dos impactos de bala calibre 7.65. El que entró por el cuello, la mató.

El pueblo cayó en la tristeza. Entonces se supo que desde meses atrás un grupo armado la hostigaba: robó los peces de su estanque, se acercaba a sus ventanas a media noche y paseaba por los jardines amparado en la oscuridad. Algunos ciudadanos de Mogotes organizaron brigadas para pasar en vela cuidando el sueño de ancianos, niñas y monjas. Aunque en el pueblo circulan varias versiones sobre el crimen y algunas de ellas lo asocian con una venganza de una de sus protegidas que fue acusada de hurto, el Observatorio de los Derechos Humanos de Colombia relaciona este crimen con el conflicto armado.

Así como un sacerdote dio vida a la Asamblea Municipal de Mogotes, otro fue el encargado de pronunciar el discurso de su defunción. El padre Jorge Velandia Rodríguez, crítico del proceso de Mogotes desde su gestación, fue el encargado de marcar el punto final, de anunciar que la Iglesia abandonaba el proceso, de asestar el golpe mortal, de romper los ya delgados hilos de confianza. Ocurrió el Viernes Santo de 2003 cuando, ante miles de personas, el sacerdote les dedicó a los soberanos la reflexión inspirada: ¿Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen ¿primera palabra de Jesús en agonía. Después de mandarlos a callar, sentenció¿: A partir de este momento la Asamblea queda muerta y enterrada. Los soberanos recuerdan que agacharon la cabeza pues se sintieron humillados, traicionados, abofeteados.

La soledad
Al caer la tarde del domingo, Mogotes se entristece. Una luz rojiza bordea las montañas, algunos niños juegan en el parque y Flor Figueroa observa, ahí mismo, el lugar donde está enterrado el pie izquierdo de José Antonio Galán. Regresa del hogar del anciano, de rendirle un homenaje a la monja asesinada, y recuerda los círculos que alrededor de los restos de Galán marcaban los soberanos al caminar. Ella dice que no se arrepiente de haberle abierto su corazón y su casa a la AMC y que agradecería que alguien quisiera retomar el camino. Quiere descansar, cuidar sus flores, caminar en las madrugadas y, como dice, esperar a que Dios disponga de su destino.

José Antonio Díaz se acerca lento, no quiere forzar su cuerpo pues lo necesita para ver crecer a su familia y a sus alumnos del liceo. Le sonríe a Flor con la complicidad de viejos aliados. ¿Nosotros arriesgamos la vida en esto. No sabíamos la dimensión de lo que estábamos haciendo y terminamos hablando con la gente del monte, con los de las cárceles de máxima seguridad, tratando de proteger al pueblo y apenas lo logramos por momentos. Yo no quiero trabajar más porque todavía siento el temor que me produjeron los allanamientos, las citaciones de la Fiscalía y el dolor de ver que podía perder a mi familia.

Leonardo Padilla pasa veloz. Desde anoche ha cantado en cinco fiestas y se le ve exhausto. Trae y lleva fotocopias. A dicho que gracias a la Asamblea terminó la primaria, el bachillerato y está estudiando administración pública; que por ella se hizo concejal y que será alcalde de Mogotes para cumplir la meta de ver a su pueblo saliendo de la pobreza y en paz. Quiere retomar la tradición de la AMC para crear un nuevo proceso pero aún no sabe hacia dónde y tampoco cómo hacerlo.

En bicicleta llega Álvaro Abril, maestro rural y padre de dos muchachos universitarios. Recuerda que sobrevivió a las épocas tétricas repitiendo: ¿Si Dios está conmigo, nadie puede contra mí. ¿Rememora con nostalgia, lo delata la sonrisa, los domingos de asamblea, las mañanas que pasaba explicando en su vereda los derechos ciudadanos. Pero ya no tiene la misma energía, quiere jubilarse, dejar la escuelita y dedicarse, como lo hace las tardes de domingo, a vender oxígeno líquido, la maravilla farmacéutica que promete curar todos los males y hacer realidad el sueño de la eterna juventud.

A Carmenza Díaz no le pasa el dolor por la muerte de su hermana. ¿Para qué sirvió tanto sacrificio?, se pregunta al regreso de su escuela donde hoy, día de descanso, hubo ágape. Y narra las noches en vela porque recibía llamadas amenazantes o amedrentaban a sus hijos en Bucaramanga, o atemorizaban a su esposo cuando iba al campo a darle vuelta a sus abejas, o ideando fórmulas para sostener económicamente la Asamblea. ¿Cada encuentro costaba un millón de pesos y nosotros sin un centavo ¿se queja¿. Una vez ya debíamos tres millones, entonces un señor aportó una novillona para rifar y así nos recuperamos. Y ahora no duermo pensando qué hacer con los 50 millones del Premio Nacional de Paz que todavía están en la cooperativa.

Héctor Zanguña sigue convencido de que la AMC no debió excluir a los partidos políticos tradicionales. Él, liberal de nacimiento, insiste en que no quiere volver a ver cómo con un machete traspasan el cuerpo de un bebé del enemigo e izan el cadáver. Por eso apoyaría la reactivación de un proceso más abierto. Yolanda Díaz, a punto de llegar a la ventanita donde despacha cervezas y refrescos, declara que está en vela para seguir: ¿Yo tuve muchas pesadillas, pero estoy viva y debemos responderle a los 1.200 votos de opinión que, creo yo, tenemos todavía.

Al padre Joaquín Mayorga le daría gusto escuchar las palabras de su pupila porque él, pese a las persecuciones y castigos, cree que a Colombia hay que fundarlo desde abajo, como intentó hacerlo Mogotes.

¿Desde la distancia en tiempo y geografía ¿dice Joaquín Mayorga¿ fue desacertado ayudar a la gente a embalarse en un proceso de alto contenido político. No medimos las consecuencias de lo que pasaría cuando llegaran otros sacerdotes. Es de pensar que a los sacerdotes de relevo los mandaron a acabar el proceso, pero la gente no merecía eso. Merecía modificaciones, ajustes, cambios, rectificaciones pero no ese tratamiento tan cruel. La actitud de la Iglesia generó rabia, tristeza y ganas de odiar. Cuando pueda volver a Mogotes, les explicaré el trasfondo de esta historia y les recordaré que después del Viernes Santo siempre llega el Domingo de Resurrección.

Por Patricia Nieto
Comunicadora social, periodista y magíster en Ciencia política de la Universidad de Antioquia, Colombia. Estudiante del doctorado en Comunicación de la Universidad Nacional de La Plata. Profesora de la carrera de Periodismo de la Universidad de Antioquia en el área de Narrativa periodística. El último proyecto dirigido por ella dio como resultado los libros Jamás olvidaré tu nombre y El cielo no me abandona, escritos por víctimas del conflicto armado colombiano.

domingo, 21 de agosto de 2011

"Gobernados por ciegos e irresponsables", Leonardo Boff, en El País, de Costa Rica

Gobernados por ciegos e irresponsables

Leonardo Boff (*)

Fuente: elpais.cr  | 20/08/2011
Afinando los muchos análisis hechos acerca del conjunto de crisis que nos asolan, llegamos a algo que nos parece central y sobre lo que toca reflexionar seriamente. Las sociedades, la globalización, el proceso productivo, el sistema económico-financiero, los sueños predominantes y el objeto explícito del deseo de las grandes mayorías es consumir y consumir sin límites. Se ha creado una cultura del consumismo propalada por todos los medios. Hay que consumir el último modelo de celular, de zapatillas deportivas, de ordenador. El 66% del PIB norteamericano no viene de la producción sino del consumo generalizado. Las autoridades inglesas se sorprendieron al constatar que, entre quienes promovían los disturbios en varias ciudades, no solamente estaban los habituales extranjeros en conflicto entre sí, sino muchos universitarios, ingleses desempleados, profesores y hasta reclutas. Era gente enfurecida porque no tenía acceso al tan propalado consumo. No cuestionaban el paradigma de consumo sino las formas de exclusión del mismo.

En el Reino Unido, después de M. Thatcher, y en USA después de R. Reagan, así como en el mundo en general, va creciendo una gran desigualdad social. En aquel país, los ingresos de los más ricos se incrementaron en los últimos años 273 veces más que las de los pobres, según informa Carta Maior el 12/08/2011. Por eso, no es de extrañar la decepción de los frustrados ante un «software social» que les niega el acceso al consumo y ante los recortes en el presupuesto social, del orden del 70%, que los castiga duramente. El 70% de los centros recreativos para jóvenes fueron simplemente cerrados.

Lo alarmante es que ni el primer ministro David Cameron ni los miembros de la Cámara de los Comunes se tomaron el trabajo de preguntar el por qué de los saqueos en las distintas ciudades. Respondieron con el peor remedio: más violencia institucional. El conservador Cameron dijo con todas las letras: «vamos a detener a los sospechosos y publicaremos sus caras en los medios de comunicación sin importarnos las preocupaciones ficticias con respecto a los derechos humanos». He aquí una solución del despiadado capitalismo neo-liberal: si la orden que es desigual e injusta lo exige, se anula la democracia y se pasa por encima de los derechos humanos. Y esto sucede en el país donde nacieron las primeras declaraciones de los derechos de los ciudadanos.

Si miramos bien, estamos enredados en un círculo vicioso que puede destruirnos: necesitamos producir para permitir el tal consumo. Sin consumo las empresas van a la quiebra. Para producir, necesitan los recursos de la naturaleza. Estos son cada vez más escasos y ya hemos dilapidado un 30% más de lo que la tierra puede reponer. Si paramos de extraer, producir, vender y consumir no hay crecimiento económico. Sin crecimiento anual los países entran en recesión, generando altos índices de desempleo. Con el desempleo, irrumpen el caos social explosivo, depredaciones y todo tipo de conflictos. ¿Cómo salir de esta trampa que nos hemos preparado a nosotros mismos?

Lo contrario del consumo no es el no consumo, sino un nuevo «software social» en la feliz expresión del politólogo Luiz Gonzaga de Souza Lima. Es decir, urge un nuevo acuerdo entre un consumo solidario y frugal, accesible a todos, y los límites intraspasables de la naturaleza. ¿Cómo hacer? Existen varias sugerencias: el «modo sostenible de vida» de la Carta de la Tierra, el «vivir bien» de las culturas andinas, fundado en el equilibrio hombre/Tierra, la economía solidaria, la bio-socio-economía, el «capitalismo natural» (expresión desafortunada) que intenta integrar los ciclos biológicos en la vida económica y social, y otras.

Pero cuando los jefes de los Estados opulentos se reúnen no hablan de estas cosas. Ahí se trata de salvar el sistema que está haciendo agua por todas partes. Saben que la naturaleza ya no puede pagar el alto precio que el modelo consumista cobra. Ya está a punto de poner en peligro la supervivencia de la vida y el futuro de las próximas generaciones. Estamos gobernados por ciegos e irresponsables, incapaces de darse cuenta de las consecuencias del sistema económico-político-cultural que defienden.

Es imperativo un nuevo rumbo global, si queremos garantizar nuestra vida y la de los demás seres vivos. La civilización científico-técnica que nos ha permitido niveles exagerados de consumo puede poner fin a si misma, destruir la vida y degradar la Tierra. Seguramente no es para esto para lo que hemos llegado a este punto en el proceso evolutivo. Urge tener valor, osadía para cambios radicales, si es que todavía nos tenemos un poco de amor a nosotros mismos.

(*) Teólogo

miércoles, 17 de agosto de 2011

Reflexiones de un joven sobre la elección de profesión

Reflexiones de un joven sobre la elección de profesión
Karl Marx
 
Karl Heinrich Marx
Escrito entre el 10 y el 16 de agosto de 1835
Publicado por primera vez en el Archiv für Geschichte
des Sozialismus und der Arbeiterbewegung,
1925
Fuente: MECW volumen I
Traducción del inglés: Isabel Blanco

 
Retrato de Karl MarxLa naturaleza ha determinado la esfera de actividad en la que debe moverse todo animal, y éste se mueve apaciblemente en ella, sin intentar sobrepasar sus límites, sin intentar siquiera echar un rápido vistazo más allá. También al hombre en general la Divinidad le ha dado un fin, el de ennoblecer a la humanidad y a sí mismo, pero le permite buscar por sí solo los medios mediante los cuales realizar este fin; le deja elegir la posición en la sociedad más adecuada para él, desde la cual podrá más fácilmente elevarse a sí mismo y a la sociedad.
Esta capacidad de elección es un gran privilegio para el hombre sobre el resto de la creación, pero al mismo tiempo es una decisión que pude destruir toda su vida, frustrar sus planes y hacerle infeliz. Recapacitar seriamente sobre esta elección es, por tanto, el primer deber de un joven que comienza su carrera y no quiere dejar sus asuntos más importantes al arbitrio de la suerte.
Todo el mundo tiene un objetivo en perspectiva que, al menos para él, parece sumamente importante, y así es de hecho si la más profunda de las convicciones, la voz más íntima del propio corazón así lo declara, porque la Divinidad jamás deja a un hombre mortal por completo solo y sin guía; él habla en voz baja, pero certera.
Pero esta voz puede fácilmente ahogarse, y lo que tomamos por inspiración puede ser el producto de un instante que otro instante puede quizá destruir. Nuestra imaginación, quizá, echa a volar, nuestras emociones nos alteran, vemos fantasmas ante nuestros ojos, y nos lanzamos de cabeza hacia lo que el impetuoso instinto nos sugiere, imaginando que la Deidad misma nos lo señala. Y lo que ardientemente abrazamos pronto nos repele y vemos toda nuestra existencia en ruinas.
Por eso debemos examinar seriamente si estuvimos realmente inspirados en nuestra elección de profesión, si nuestra voz interior lo aprueba, o si esta inspiración es una ilusión, y lo que creemos la llamada de la Deidad no era más que autoengaño. Pero, ¿cómo podemos reconocer algo sino rastreando la fuente de la inspiración misma?
Aquello que es grande brilla, su brillo incita a la ambición, y la ambición puede fácilmente producir la inspiración o lo que creemos inspiración; la razón es incapaz de reprimir al hombre tentado por el demonio de la ambición, que se lanzará de cabeza sobre aquello que el impetuoso instinto le sugiere: ya no es él quien elige su posición en la vida, en lugar de ello se ve determinado por la suerte y la ilusión.
Tampoco estamos llamados a adoptar la posición que nos ofrece las más brillantes oportunidades; no es ésa la que, durante la larga serie de años en que quizá tengamos que mantenerla, jamás nos canse, jamás nos desaliente, jamás nos haga perder el entusiasmo, viendo pronto nuestros deseos insatisfechos, nuestras ideas sin realizar, clamando contra la Deidad y maldiciendo a la humanidad.
Pero no sólo la ambición puede despertar un entusiasmo repentino por una profesión determinada; quizá nuestra imaginación pueda embellecerla, y embellecerla de tal manera que nos parezca lo mejor que la vida puede ofrecernos. No la hemos analizado en detalle, no hemos considerado toda la carga que implica, la gran responsabilidad que nos impone; la hemos visto sólo desde la distancia, y la distancia engaña.
Nuestra propia razón no puede ser buena consejera aquí; porque no está sustentada ni por la experiencia ni por una profunda observación, sino que se ve engañada por la emoción y cegada por la fantasía. ¿Hacia quién volver entonces nuestros ojos? ¿Quién nos apoyará allí donde nuestra razón nos abandona?
Nuestros padres, que ya han recorrido el camino de la vida y han experimentado la severidad del destino –nos lo dice nuestro corazón.
Pero si aún así nuestro entusiasmo persiste, si continuamos amando una profesión y creyéndonos llamados a ella después de examinarlo a sangre fría, después de conocer sus cargas y tomar conciencia de sus dificultades, entonces debemos adoptarla, entonces ni nuestro entusiasmo nos engaña ni nuestra precipitación nos desvía.
No siempre, sin embargo, podemos alcanzar la posición a la que nos creemos llamados; nuestras relaciones en la sociedad están ya fijadas hasta cierto punto antes de que podamos influir en ellas.
Nuestra constitución física misma es a menudo un obstáculo amenazador, y no motivo de burla.
Es cierto que podemos sobreponernos a ella, pero entonces nuestra caída será tanto más rápida, porque estamos arriesgándonos a construir sobre ruinas, y toda nuestra vida será una desgraciada lucha entre el cuerpo y la mente. Porque aquél que es incapaz de reconciliarse con las advertencias que reconoce en sí mismo, ¿cómo puede resistir el tempestuoso estrés de la vida, cómo puede actuar con calma? Y sólo desde la calma pueden las acciones fructificar; es la única tierra en la que los frutos se desarrollan correctamente.
Aunque no podamos trabajar felizmente durante mucho tiempo con una constitución física inadecuada para nuestra profesión, sin embargo surgirá continuamente la idea de sacrificar nuestro bienestar al deber, de actuar vigorosamente aunque nos destrocemos. Pero si hemos elegido una profesión para la que no tenemos talento jamás podremos ejercerla bien, y pronto nos daremos cuenta con vergüenza de nuestra incapacidad y nos diremos que somos unos inútiles, que somos incapaces de satisfacer nuestra vocación. Entonces, la consecuencia más natural es el auto-desprecio, ¿y qué sentimiento es más doloroso y más difícil de compensar a pesar de todo lo que el mundo exterior pueda ofrecernos? El auto-desprecio es como una serpiente que mordisquea nuestro pecho, absorbiéndonos la sangre del corazón y mezclándola con el veneno de la misantropía y la desesperación.
La ilusión acerca de nuestros propios talentos para una profesión que hemos examinado de cerca es un error que se vengará sobre nosotros mismos, y aunque no conozcamos la censura del mundo exterior, nos producirá un dolor en nuestro corazón más terrible que el que podría inflingirnos esta censura.
Si hemos considerado todo esto, y si nuestras condiciones de vida nos permiten elegir cualquier profesión que queramos, podemos adoptar aquélla que nos asegure el mayor bien, un bien basado en ideas de cuya verdad estemos por completo convencidos, que nos ofrezca el abanico más amplio desde el que trabajar para la humanidad, y que nos permita acercarnos verdaderamente al propósito general para el que toda profesión no es más que un medio –la perfección.
Bien es aquello que más eleva a un hombre, aquello que imprime la más alta nobleza a sus acciones y a sus empresas, aquello que lo hace invulnerable, admirado por la multitud y elevado por encima de ella.
Pero el bien sólo puede garantizarlo una profesión en la cual no seamos herramientas serviles, una profesión en la que actuemos independientemente dentro de nuestra esfera. Sólo puede garantizarlo una profesión que no exija actos reprensibles, incluso aunque sean reprensibles sólo en apariencia, una profesión que los mejores puedan ejercer con noble orgullo. Una profesión que garantice esto en su más alto nivel no siempre es la más elevada, pero sí es siempre preferible.
Pero igual que una profesión que no nos garantiza el bien nos degrada, una profesión basada en ideas que más tarde reconocemos como falsas nos hará sucumbir bajo su carga.
Y en ese caso no nos queda otro recurso que el auto-desprecio, ¡y qué desesperada salvación la del autoengaño!
Aquellas profesiones no implicadas de lleno en la vida, sino relacionadas con ideas abstractas, son las más peligrosas para los jóvenes cuyos principios y convicciones no son aún firmes, fuertes e indestructibles. Al mismo tiempo, esas profesiones pueden parecer las más exaltadas si sus raíces se hunden profundamente en nuestros corazones y si somos capaces de sacrificar nuestras vidas y empresas por las ideas que prevalecen en ellas.
Pueden proporcionar la felicidad al hombre que tenga vocación para ellas, pero también pueden destruir a quien las adopta apresuradamente, sin reflexionar, cediendo al impulso del momento.
Por otra parte, la alta consideración de las ideas sobre las cuales se apoya nuestra profesión nos proporciona una posición elevada en la sociedad, enalteciendo nuestro propio valor e imprimiendo seguridad a nuestras acciones.
Aquél que elige una profesión que valora altamente temerá la idea de no servir para ella; actuará noblemente aunque sólo sea porque su posición en la sociedad es una posición noble.
Pero la principal guía que debe dirigirnos en la elección de profesión es el bienestar de la sociedad y nuestra propia perfección. No debe pensarse que estos dos intereses puedan entrar en conflicto, que uno pueda destruir al otro; por el contrario, la naturaleza humana está constituida de tal modo, que sólo podemos atender a nuestra propia perfección trabajando por la perfección y el bien de los demás.
Si se trabaja sólo para uno mismo, es posible convertirse en un hombre de fama, en un gran sabio, un excelente poeta, pero jamás en un verdadero gran hombre.
La historia llama grandes hombres a aquellos que se ennoblecen a sí mismos trabajando por el bien común; la experiencia aclama como a los hombres más felices a aquéllos que hacen felices a un mayor número de personas; la religión misma nos enseña que el ser ideal al que todos luchan por imitar se sacrificó a sí mismo por el bien de la humanidad, ¿y quién se atrevería a despreciar tales juicios?
Si hemos elegido la posición en la vida en la que ante todo podemos ayudar a la humanidad, ninguna carga podrá aplastarnos, porque los sacrificios serán en beneficio de todos; no experimentaremos una felicidad egoísta, limitada y estrecha, sino que nuestra felicidad pertenecerá a millones de personas, nuestros actos permanecerán sosegada y perpetuamente vivos, y sobre nuestras cenizas caerán las cálidas lágrimas de las personas nobles.

jueves, 4 de agosto de 2011

La nueva gramática del poder: Javier Solana, en El Tiempo de Bogotá


La nueva gramática del poder

Javier Solana y Daniel Innerarity*

Debemos aprender una nueva gramática del poder en un mundo que está más conformado por el bien común que por el interés personal o nacional.
MADRID. Las principales preocupaciones de la humanidad hoy no son tanto males concretos como amenazas indeterminadas. No estamos preocupados por peligros visibles, sino por peligros vagos que podrían golpear en el momento menos esperado -y contra los cuales no estamos suficientemente protegidos.
    Por supuesto, existen peligros identificables específicos, pero lo que más nos preocupa sobre el terrorismo, por ejemplo, es su naturaleza impredecible. Lo que nos resulta más perturbador sobre la economía estos días es su volatilidad -en otras palabras, la incapacidad de nuestras instituciones para protegernos de la incertidumbre financiera extrema.
    En general, gran parte de nuestra intranquilidad refleja nuestra exposición a amenazas que sólo podemos controlar en parte. Nuestros ancestros vivían en un entorno más peligroso pero menos riesgoso. Soportaban un grado de pobreza que sería intolerable para quienes hoy viven en países avanzados, mientras que nosotros estamos expuestos a riesgos cuya naturaleza, aunque a nosotros nos resulte difícil de entender, para ellos sería literalmente inconcebible.
    Dado que la interdependencia expone a todos, en todo el mundo, de una manera sin precedentes, gobernar los riesgos globales es el gran desafío de la humanidad. Pensemos en el cambio climático; los riesgos de la energía y la proliferación nuclear; las amenazas terroristas (cualitativamente diferentes de los peligros de la guerra convencional); los efectos colaterales de la inestabilidad política; las repercusiones económicas de las crisis financieras; las epidemias (cuyos riesgos aumentan con la mayor movilidad y el libre comercio); y el pánico repentino alimentado por los medios, como la reciente crisis de los pepinos en Europa. 
    Todos estos fenómenos conforman una parte del lado oscuro del mundo globalizado: contaminación, contagio, inestabilidad, interconexión, turbulencia, fragilidad compartida, efectos universales y sobreexposición. En este sentido, se podría hablar del "carácter epidémico" de nuestro mundo contemporáneo.
    La interdependencia, de hecho, es una dependencia mutua -una exposición compartida a los peligros-. Nada está completamente aislado y los "asuntos externos" ya no existen: todo se ha vuelto nacional, hasta personal. Los problemas de otra gente ahora son nuestros problemas, y ya no podemos verlos con indiferencia, o con la esperanza de obtener algún rédito personal de ellos.
    Este es el contexto de nuestra peculiar vulnerabilidad actual. Lo que solía protegernos (la distancia, la intervención gubernamental, la previsión, los métodos de defensa clásicos) se ha debilitado, y ahora nos ofrece escasa protección o directamente ninguna.
    Tal vez no hayamos tenido en cuenta todas las consecuencias geopolíticas que derivan de esta nueva lógica de dependencia mutua. En un mundo tan complejo, ni siquiera el más fuerte está suficientemente protegido. De hecho, la lógica de la hegemonía choca con los fenómenos actuales de fragmentación y automatización -pensemos en Pakistán, por ejemplo, o en Italia- que crean desequilibrios y asimetrías que no siempre son favorables a los poderosos.
    Los débiles, cuando están seguros de que no pueden ganar, pueden lastimar a los más fuertes -y hasta hacerlos perder-. A diferencia del orden westfaliano centenario de los estados naciones, en el que el peso específico de cada Estado era el factor determinante, en un mundo de interdependencia, la seguridad, la estabilidad económica, la salud y el medio ambiente de los más fuertes son continuamente rehenes de los más débiles. Todos están expuestos a los efectos del desorden y la turbulencia en la periferia.
    Estas condiciones de sobreexposición, en su mayor parte, no tienen precedentes y plantean numerosos interrogantes para los cuales todavía no tenemos las respuestas correctas. ¿Qué tipo de protección sería apropiada en un mundo de estas características?
    Como es lógico, una globalización contagiosa que aumenta la vulnerabilidad inevitablemente desata estrategias preventivas y defensivas que no siempre son proporcionadas o razonables. La xenofobia y el chauvinismo que algunas de las estrategias defensivas pueden despertar tal vez terminan causando más daño que las amenazas de las cuales supuestamente nos protegen.
    De modo que, en esta era de calentamiento global, bombas inteligentes, guerra cibernética y epidemias mundiales, nuestras sociedades deben estar protegidas con estrategias más complejas y sutiles. No podemos seguir persiguiendo estrategias que ignoran nuestra exposición común a riesgos globales, y el resultante contexto de dependencia mutua.
    Debemos aprender una nueva gramática del poder en un mundo que está más conformado por el bien común -o el mal común- que por el interés personal o el interés nacional. Estos no desaparecieron, por supuesto, pero están demostrando ser insostenibles fuera de un marco capaz de abordar las amenazas y oportunidades comunes.
    Mientras que el antiguo juego de poder buscaba la protección de los intereses propios sin preocuparse por los de los demás, la sobreexposición obliga a la reciprocidad de los riesgos, el desarrollo de métodos cooperativos y el reparto de información y estrategias. Una gobernancia global verdaderamente efectiva es el horizonte estratégico que la humanidad debe perseguir hoy con toda su energía.
    Suena difícil, y lo será. Pero no tiene nada que ver con el pesimismo. El desafío de gobernar los riesgos globales no es nada menos que el desafío de impedir el "fin de la historia" -no como la apoteosis plácida de la victoria global de la democracia liberal, sino como el peor fracaso colectivo que podamos imaginar.
* Javier Solana, ex alto representante para Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea y ex secretario general de la OTAN, es presidente del Centro Económico y Geopolítico Global ESADE y miembro sénior distinguido en Política Exterior de la Brookings Institution. Daniel Innerarity es director del Instituto de Gobernancia Democrática de la Universidad del País Vasco. Ambos son coautores de La humanidad amenazada: el gobierno de los riesgos globales.
Copyright: Project Syndicate, 2011.
www.project-syndicate.org

lunes, 1 de agosto de 2011

"TODAVÍA EL FUNDAMENTALISMO": LEONARDO BOFF EN EL PAÍS DE COSTA RICA

http://elpais.cr/articulos.php?id=50323

Todavía el fundamentalismo

Leonardo Boff (*)

Fuente: elpais.cr  | 30/07/2011
El acto terrorista perpetrado en Noruega de forma calculada por un extremista noruego de 32 años ha puesto de nuevo sobre el tapete la cuestión del fundamentalismo. Los gobiernos occidentales y los medios de comunicación han inducido a la opinión pública mundial a asociar el fundamentalismo y el terrorismo casi exclusivamente con sectores radicales del islamismo. Barack Obama de Estados Unidos y David Cameron del Reino Unido se apresuraron a solidarizarse con el gobierno de Noruega y reforzaron la idea de dar batalla mortal al terrorismo, presuponiendo que sería un acto de Al Qaeda. Prejuicio. Esta vez era un nativo, blanco, de ojos azules, con nivel superior y cristiano, aunque The New York Times lo presente como «sin cualidades y fácil de olvidar».

Además de rechazar decididamente el terrorismo y el fundamentalismo debemos tratar de entender el por qué de este fenómeno. Ya he abordado algunas veces en esta columna el tema, que resultó en un libro Fundamentalismo, Terrorismo, Religión y Paz: desafío del siglo XXI (Vozes 2009). Ahí refiero, entre otras causas, el tipo de globalización que ha predominado desde el principio, una globalización fundamentalmente de la economía, de los mercados y de las finanzas. Edgar Morin llama a la actual «la edad de hierro de la globalización». No fue seguida, como pedía la realidad, por una globalización política (un gobierno global de los pueblos), una globalización ética y educacional. Me explico: con la globalización inauguramos una fase nueva de la historia del Planeta vivo y de la humanidad misma. Estamos dejando atrás los estrechos límites de las culturas regionales con sus identidades y la figura del estado-nación para adentrarnos cada vez más en el proceso de una historia colectiva de la especie humana, con un destino común, ligado al destino de la vida y, en cierta forma, al de la propia Tierra. Los pueblos se pusieron en movimiento, las comunicaciones pusieron en contacto a todos con todos y, por distintos motivos, empezaron a circular multitudes por el mundo.

Esta transición no fue preparada, puesto que prevalecía una confrontación entre dos formas de organizar la sociedad: el socialismo estatal de la Unión Soviética y el capitalismo liberal de Occidente. Todos debían alinearse con una de estas alternativas. Al desmontarse la Unión Soviética no surgió un mundo multipolar sino el predominio de Estados Unidos como la mayor potencia económico-militar del mundo, que comenzó a ejercer un poder imperial, haciendo a todos alinearse con sus intereses globales. Más que globalización en sentido amplio, se dio una especie de occidentalización del mundo. Funcionó como un rodillo compresor, que pasó por encima de respetables tradiciones culturales. Esto se vio agravado por la arrogancia típica de Occidente de sentirse portador de la mejor cultura, de la mejor ciencia, de la mejor religión, de la mejor forma de producir y de gobernar.

Esta uniformización global generó fuerte resistencia, amargura y rabia en muchos pueblos, que veían erosionarse su identidad y sus costumbres. En situaciones así surgen normalmente fuerzas identitarias que se alían con sectores conservadores de las religiones, guardianes naturales de las tradiciones. De aquí se origina el fundamentalismo que se caracteriza por dar valor absoluto a su punto de vista. Quien afirma de manera absoluta su identidad está condenado a ser intolerante con los diferentes, a despreciarlos y, en el límite, a eliminarlos.

Este fenómeno es recurrente en todo el mundo. En Occidente, grupos significativos de corte conservador se sienten amenazados en su identidad por la penetración de culturas no-europeas, especialmente el islamismo. Rechazan el multiculturalismo y cultivan la xenofobia. El terrorista noruego estaba convencido de que la lucha democrática contra la amenaza de los extranjeros en Europa estaba perdida. Tomó entonces una solución desesperada: realizar un gesto simbólico de eliminación de los «traidores» multiculturales.

La respuesta del gobierno y del pueblo noruego ha sido sabia: respondieron con flores y con la afirmación de más democracia, es decir, de más convivencia con las diferencias, más tolerancia, más hospitalidad y más solidaridad. Este es el camino que garantiza una globalización humana, en la cual será más difícil que semejantes tragedias vuelvan a repetirse.

(*) Teólogo

sábado, 23 de julio de 2011

"El viento de la historia": Juan Forn en Página 12, Argentina

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-172746-2011-07-22.html


El viento de la Historia

 Por Juan Forn
El niño Eric Hobsbawm pasea con su niñera por las calles de Alejandría en el año 1918. Un pordiosero chino les pide una moneda. La niñera se la niega. El chino ignora a la niñera, mira fijamente a la criatura y le dedica una exquisita maldición de su país milenario: “Ojalá te toquen vivir tiempos interesantes”. Ochenta y cinco años después, cuando es un venerable historiador y se sienta a escribir sus memorias, sabe que ya tiene el título: Tiempos interesantes. En esas memorias, hace una breve enumeración de las cosas que presenció a lo largo del siglo que le tocó vivir y uno no puede dejar de pensar en aquel monólogo que recitaba el replicante en el final de Blade Runner, con la mirada perdida en la lluvia ácida que caía del cielo y el afán de dejar al menos ese testimonio de los inéditos fenómenos que habían contemplado sus ojos: “He visto atardeceres de dos lunas en Júpiter...” A los 86 años, Hobsbawm dice: “He visto cómo se extinguían de la faz de la tierra todos los imperios coloniales europeos, incluido aquel que llegó a ser el más vasto y poderoso de ellos durante mis años de infancia. He visto grandes potencias mundiales relegadas a jugar en las ligas inferiores. He visto la irrupción y la caída de un estado alemán que esperaba durar mil años, y también el nacimiento y el final de un poder revolucionario que amenazaba extenderse al mundo entero. He visto un tiempo en que la palabra capitalismo contaba con tan pocos votos como la palabra comunismo en la actualidad. Dudo de que llegue a ver el fin del imperio americano, pero puedo asegurar que algunos lectores de este libro habrán de presenciarlo”.
Como aquel replicante de Blade Runner, Eric Hobsbawm pertenece a una especie que debía ser eliminada (primero por mitteleuropeo, después por judío, después por marxista). Tuvo más suerte que el replicante de Blade Runner: sobrevivió largamente a la eliminación a sus compañeros de especie. Su inesperada longevidad terminó por darle status de venerable rara avis. El adjudica esa longevidad tan activa a que lo obligaron a arrancar tarde. Le cobraron peaje por sus “anomalías”: ser judío pobre en la República de Weimar y en la Alemania de Hitler, inmigrante indeseado en la Inglaterra en guerra con el Reich, marxista durante toda la Guerra Fría, antisoviético y antichino dentro del PC, antiespecialista en un mundo de especialistas, políglota en un mundo cada vez más anglófono, intelectual desvelado por los no intelectuales, anomalía dentro de anomalía dentro de anomalía. “Todo ello complicó mi vida como ser humano y paralizó mi carrera durante años, pero me ha representado una ventaja considerable como historiador”, dice él.
Agnes Heller dice que la Historia habla de los hechos vistos desde afuera y las memorias hablan de los hechos vistos desde adentro. Dos hechos marcaron tempranamente la vida de Hobsbawm: aquella maldición china y el descubrimiento entre los papeles de su padre (que murió quebrado cuando él tenía trece años, en plena hiperinflación berlinesa) de un cuestionario íntimo en donde el progenitor se preguntaba qué era la felicidad, esa entelequia que había perseguido sin éxito durante toda su corta vida, y se contestaba: la suerte de no tener mala suerte. Tiempos interesantes y mala suerte. De esa ecuación sale Hobsbawm. O, mejor dicho, de los inesperados beneficios de ambas cosas.
Por ser pelirrojo y de ojos azules, en Viena no le decían Jude sino Englander. En Inglaterra, en cambio, adonde lo enviaron cuando murió su madre (un año después que el padre), es simplemente “El Feo”. Pero si se hubiera quedado en Viena, habría terminado gaseado en los campos. El joven Hobsbawm refugia su fealdad afiliándose al PC británico (donde cantan: “Hasta que llegue la revolución, el amor es un sentimiento antibolchevique”). Pero cuando estalla la guerra es el único de sus camaradas de estudios y de militancia al que no eligen para el servicio secreto: no por extranjero ni por marxista; es el único que no sabe hacer el crucigrama del Times. Eso lo alejará porvidencialmente del caso de los dobles espías Kim Philby y Guy Burgess, pero lo dejará sin trabajo durante años. Cuando condena en un plenario del PC la represión soviética en Hungría en 1956, cree que el partido va a expulsarlo, pero son tantas las bajas que no le hacen nada. Y a él le da vergüenza abandonar el barco cuando todos lo hacen, así que conserva el carnet. “Quitarme de encima el sambenito de pertenecer al PC habría mejorado mis perspectivas profesionales. Pero sencillamente no quise hacerlo. Yo quería alcanzar el reconocimiento como comunista confeso. No defiendo esta forma de orgullo, pero no puedo negar su fuerza.”
Hobsbawm vio convertirse en pretérito casi todos los signos que definían y regían su presente, pero se descubrió providencialmente equipado para relatarlos porque, a diferencia de tantas otras víctimas de la Historia, él tuvo, como judío mitteleuropeo y como marxista anómalo, “tiempo de reflexionar acerca de la desintegración de un imperio y de una época, al ser una muerte largamente anunciada, en ambos casos”. Cuando todos los historiadores de su generación se retiraban o se morían, él siguió publicando libros, cada vez más sabios. En pleno auge del pensamiento neoconservador, cuando se aseguraba que habíamos llegado al fin de la Historia, Hobsbawm dijo que lo que había terminado era el siglo veinte nomás y logró que se hiciera canónica su manera marxista de ver el siglo (cuyo inicio fijó en 1917, con la Revolución de Octubre y su cierre, en la caída de la URSS en 1989). Después de la caída de las Torres Gemelas en 2001, dijo algo que repitió cuando mataron a Bin Laden hace meses: “El mundo necesita más que nunca a los historiadores, especialmente a los escépticos”. Si el pasado es otro país, era de rigor que un expatriado múltiple como él se convirtiera en su historiador por antonomasia.
Hobsbawm usa el raro prisma de su experiencia personal para buscar la real dimensión de las cosas en el laberinto de la Historia. De ahí su anomalía, su heterodoxia, su excentricidad; de ahí su ecuanimidad por momentos exquisita y por momentos casi inverosímil. En sus memorias, en sus reportajes, en su Era de los extremos, Hobsbawm nos cuenta el siglo veinte como si el propio siglo hablara de sí mismo, en una de esas sobremesas de trasnoche en que de golpe llega la hora de la sinceridad más descarnada: el siglo habla y todos sentimos que habla de nosotros. La única manera de que nos entre de verdad la Historia es entender que no es letra muerta, sino experiencia viva: que eso que pasó nos pasó a todos. Ese es el Efecto Hobsbawm para mí: alguien que sopla suavemente en nuestro oído y nos hace entender de golpe qué es el famoso viento de la Historia, cómo se vive en tiempos interesantes.

"Frente a la crisis: cuatro principios y cuatro virtudes": Leonardo Boff en El País de Costa Rica

http://elpais.cr/articulos.php?id=49860


Frente a la crisis: cuatro principios y cuatro virtudes

Leonardo Boff (*)

Fuente: elpais.cr  | 23/07/2011
Goza de plena actualidad esta frase de Einstein: «el pensamiento que ha creado la crisis no puede ser el mismo que va a solucionarla». Es demasiado tarde para hacer sólo reformas, éstas no cambian el pensamiento. Necesitamos partir de otro pensamiento, fundado en principios y valores que puedan sustentar un nuevo ensayo de civilización. O si no, tendremos que aceptar un camino que nos lleva al precipicio. Los dinosaurios ya lo recorrieron.
Mi sentimiento del mundo me dice que hay cuatro principios y cuatro virtudes capaces de garantizar un futuro bueno para la Tierra y la vida. Aquí solamente voy a enunciarlos, sin espacio para profundizar en ellos, cosa que he hecho en varias publicaciones en los últimos años.
El primero es el cuidado. El cuidado es una relación de no agresión y de amor a la Tierra y a cualquier otro ser. El cuidado se opone a la dominación que caracteriza el viejo paradigma. El cuidado regenera las heridas pasadas y evita las futuras. Retarda la fuerza irrefrenable de la entropía y permite que todo pueda vivir y durar más. Para los orientales lo equivalente al cuidado es la compasión; por ella nunca se deja abandonado al que sufre; se camina, se solidariza y se alegra uno con él.
El segundo es el respeto. Cada ser posee un valor intrínseco, independientemente de su uso humano. Expresa alguna potencialidad del universo, tiene algo que revelarnos y merece existir y vivir. El respeto reconoce y acoge al otro como otro y se propone convivir pacíficamente con él. Ético es respetar ilimitadamente todo lo que existe y vive.
El tercero es la responsabilidad universal. Por ella, el ser humano y la sociedad se dan cuenta de las consecuencias benéficas o funestas de sus acciones. Ambos tienen que cuidar la cualidad de las relaciones con los otros y con la naturaleza para que no sean hostiles sino amigables hacia la vida. Con los medios de destrucción ya fabricados, la humanidad, por falta de responsabilidad, puede autoeliminarse y dañar la biosfera.
El cuarto principio es la cooperación incondicional. La ley universal de la evolución no es la competición en la que gana el más fuerte, sino la interdependencia de todos con todos. Todos cooperan entre sí para coevolucionar y para asegurar la biodiversidad. Por la cooperación de unos con otros, nuestros antepasados se volvieron humanos. El mercado globalizado está gobernado por la más rígida competición, sin espacio para la cooperación. Por eso, campean el individualismo y el egoísmo que subyacen a la crisis actual y que han impedido hasta ahora cualquier consenso posible frente a los cambios climáticos.
Estos cuatro principios deben venir acompañados de cuatro virtudes, imprescindibles para la consolidación del nuevo orden.
La primera es la hospitalidad, virtud primordial, según Kant, para la república mundial. Todos tenemos el derecho de ser acogidos, lo que se corresponde con el deber de acoger a los otros. Esta virtud será fundamental frente al flujo de los pueblos y los millones de refugiados climáticos que surgirán en los próximos años. No debe haber, como hay, extra-comunitarios.
La segunda es la convivencia con los diferentes. La globalización del experimento hombre no anula las diferencias culturales con las cuales tenemos que aprender a convivir, a intercambiar, a complementarnos y a enriquecernos con los intercambios mutuos.
La tercera es la tolerancia. No todos los valores y costumbres culturales son convergentes y de fácil aceptación. De ahí se impone la tolerancia activa de reconocer el derecho del otro de existir como diferente y garantizarle su plena expresión.
La cuarta es la comensalidad. Todos los seres humanos deben tener acceso solidario y suficiente a los medios de vida, y seguridad alimentaria. Deben poder sentirse miembros de la misma familia que comen y beben juntos. No sólo es la nutrición necesaria, se trata de un rito de confraternización.
Todos los esfuerzos serán en balde si la Río+20 de 2012 se limita solamente a discutir medidas prácticas para mitigar el calentamiento global, sin discutir otros principios y valores que pueden generar un consenso mínimo entre todos y dar así sostenibilidad a nuestra civilización. En caso contrario, la crisis continuará su acción corrosiva hasta transformarse en una tragedia. Tenemos medios y ciencia para alcanzar esta sostenibilidad. Sólo nos falta voluntad y amor a la vida, la nuestra y la de nuestros hijos y nietos. Que el Espíritu que preside la historia no nos falte.
(*) Teólogo

domingo, 17 de julio de 2011

"El "complejo Dios" de la modernidad": Leonardo Boff, en El País, de Costa Rica

http://elpais.cr/articulos.php?id=49395

El «complejo de Dios» de la modernidad

Leonardo Boff (*)

Fuente: elpais.cr  | 16/07/2011
La crisis actual no es solo una crisis de escasez creciente de recursos y de servicios naturales. Es fundamentalmente la crisis de un tipo de civilización que ha colocado al ser humano como «señor y dueño» de la naturaleza (Descartes). Ésta, para él, no tiene espíritu ni propósito y por eso puede hacer lo que quiera con ella.

Según el fundador del paradigma moderno de la tecnociencia, Francis Bacon, el ser humano debe torturarla hasta que nos entregue todos sus secretos. De esta actitud se ha derivado una relación de agresión y de verdadera guerra contra la naturaleza salvaje que debía ser dominada y «civilizada». Surgió así también la proyección arrogante del ser humano como el «Dios» que domina y organiza todo.

Debemos reconocer que el cristianismo ayudó a legitimar y a reforzar esta comprensión. El Génesis dice claramente: «llenad la Tierra y sujetadla y dominad sobre todo lo que vive y se mueve sobre ella» (1,28). Después se afirma que el ser humano fue hecho «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26). El sentido bíblico de esta expresión es que el ser humano es lugarteniente de Dios, y como Éste es el señor del universo, el ser humano es el señor de la Tierra. Él goza de una dignidad que es solo suya: la de estar por encima de los demás seres. De aquí se generó el antropocentrismo, una de las causas de la crisis ecológica. Finalmente, el monoteísmo estricto suprimió el carácter sagrado de todas las cosas y lo concentró sólo en Dios. El mundo, al no poseer nada de sagrado, no necesita ser respetado. Podemos modelarlo a nuestro gusto. La moderna civilización de la tecnociencia ha ocupado todos los espacios con sus aparatos y ha podido penetrar en el corazón de la materia, de la vida y del universo. Todo venía envuelto con el aura del «progreso», una especie de recuperación del paraíso, en otro tiempo perdido, pero ahora reconstruido y ofrecido a todos.

Esta visión gloriosa empezó a derrumbarse en el siglo XX con las dos guerras mundiales y otras coloniales que produjeron doscientos millones de víctimas. Cuando se perpetró el mayor acto terrorista de la historia, las bombas atómicas lanzadas sobre Japón por el ejército estadounidense, que mataron a miles de personas y destruyeron la naturaleza, la humanidad se llevó un susto del cual no se ha repuesto hasta hoy. Con las armas atómicas, biológicas y químicas construidas después, nos hemos dado cuenta de que no necesitamos a Dios para hacer realidad el Apocalipsis.

No somos Dios y querer serlo nos lleva a la locura. La idea del hombre queriendo ser «Dios» se ha transformado en una pesadilla. Pero él se esconde todavía detrás del «tina» (there is no alternative) neoliberal: «no hay alternativa, este mundo es definitivo». Ridículo. Démonos cuenta de que «el saber como poder» (Bacon) cuando se realiza sin conciencia y sin límites puede autodestruirnos. ¿Qué poder tenemos sobre la naturaleza? ¿Quién domina un tsunami? ¿Quién controla el volcán chileno Puyehe? ¿Quién frena la furia de las inundaciones en las ciudades serranas de Río? ¿Quién impide el efecto letal de las partículas atómicas de uranio, de cesio y de otros elementos, liberadas por las catástrofes de Chernobyl y de Fukushima? Como dijo Heidegger en su última entrevista a Der Spiegel: «sólo un Dios podrá salvarnos».

Tenemos que aceptarnos como simples criaturas junto con todas las demás de la comunidad de vida. Tenemos el mismo origen común: el polvo de la Tierra. No somos la corona de la creación, sino un eslabón de la corriente de la vida, con una diferencia, la de ser conscientes y con la misión de «guardar y cuidar el jardín del Edén» (Gn 2,15), es decir, de mantener las condiciones de sostenibilidad de todos los ecosistemas que componen la Tierra.

Si partimos de la Biblia para legitimar la dominación de la Tierra, tenemos que volver a ella para aprender a respetarla y a cuidarla. La Tierra generó a todos. Dios ordenó: «Que la Tierra produzca seres vivos, según su especie» (Gn 1,24). Ella, por lo tanto, no es inerte; es generadora, es madre. La alianza de Dios no es solo con los seres humanos. Después del tsunami del diluvio, Dios rehizo la alianza «con nuestra descendencia y con todos los seres vivos» (Gn 9,10). Sin ellos, somos una familia menguada.

La historia muestra que la arrogancia de «ser Dios», sin nunca poder serlo, sólo nos trae desgracias. Bástenos ser simples criaturas con la misión de cuidar y respetar a la Madre Tierra.
(*) Teólogo

miércoles, 13 de julio de 2011

"EL ASESINO DE BALZAC", ANA CRISTINA RESTREPO EN EL COLOMBIANO

http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/E/el_asesino_de_balzac/el_asesino_de_balzac.asp?CodSeccion=219

 El asesino de Balzac

Ana Cristina Restrepo Jiménez | Publicado el 6 de julio de 2011
"Balzac fue asesinado en la escuela, donde todos los poetas son asesinados". Henry Miller

I.En la iglesia de San Ignacio, una mujer escuálida, de edad imposible, se arrodilla frente al altar. Huele mal. Viste falda café, camisa harapienta abotonada hasta el cuello, y zapatos de tela. Lleva un bolso ajado, y una diadema de plástico coronada con margaritas diminutas.

El cura imparte la bendición final. Comienza un concierto con el grupo Opus 4. Ella permanece, desmadejada, sobre las escalas del altar. Mientras cantan "Volver con la frente marchita?", la vagabunda deja caer su bolso abierto (sólo carga un pañuelo amarillento) y alza la frente hacia la cúpula de la iglesia. Sonríe, con las manos sobre el regazo.

No sé definir la poesía. Tal vez, la imagen de esa mujer me acerque.

II.Recuerdo a un tipo llamado Édgar, aprendiz de asesino, que cometía versos y los vendía en las cajas registradoras del Éxito. Leer las instrucciones de las cuchillas Minora, exhibidas al lado de sus libros, era una experiencia estética más conmovedora que los poemas allí contenidos.

III.
Cuando en el colegio una de las asesinas de Balzac declamaba "Siquiera se murieron los abuelos", yo pensaba en los míos. No estaban muertos, pero habrían preferido estarlo para evitar ver cómo se mellaba mi perfil? del tedio.

IV.
Jamás he visto un estante del supermercado con latas de versos "no perecederos" pero sí he caminado por campos sembrados de poemas. En más de quince años como periodista cultural no he conocido al primer cojonudo que tras el apretón de mano me diga: "Mucho gusto, soy Fulano. Poeta".

V.
Conozco películas dedicadas al poeta en busca de inspiración ("Poesía", de Lee Chang-dong) o al que no sabe qué hacer con la suya ("El lado oscuro del corazón", de Eliseo Subiela). Estoy convencida de que no sólo en el cine existen personajes que guardan poemas en el botiquín o carniceros dispuestos a intercambiar sonetos por longanizas.

VI.
He leído malos poetas y también poetas que no me gustan. Su casa es el cliché, y el lugar común su sofá. Son fáciles y predecibles. Creen que su mirada cambia con los tóxicos: inhalados, bebidos, untados. (O copiados).

Y ni así.

La poesía puede ir en el bus oxidado y ruidoso de la ruta Aranjuez 204, con la leyenda: "Volvió Javier el rápido".

Le creo a Jaime Jaramillo Escobar: "Reservar el término de poeta sólo para el que escribe versos es empequeñecer la poesía"*.

VII.
Los niños son los maestros primeros de poesía. No es gratuito que los grandes (Miguel Hernández, Pedro Salinas o César Vallejo) parezcan buscar el vientre.

Los mejores poetas hacen música. Y los músicos suelen hacer la mejor poesía.

¡Jim Morrison!

El tiempo es el juez implacable del poeta. Pero el juez inmediato es el corazón.

VIII.Cuando mi ciudad se llena de poesía, les canto a los poetas anónimos (sin galardón, cuya obra tiene un único mérito: haber sido escrita) y a los malos poetas (sin ellos, no sabríamos qué es la buena poesía).

Para los anónimos, una sugerencia: salgan del cajón.

Para los malos, una súplica: no publiquen. (Cada rima de Ricardo Arjona vuelve a asesinar a Balzac y tortura a una buena parte de la Humanidad).

* Método fácil y rápido para ser poeta I.

lunes, 4 de julio de 2011

LOS PELIGROS DE LA OBEDIENCIA: CARLOS GAVIRIA DÍAZ EN EL ESPECTADOR

http://www.elespectador.com/impreso/columna-249308-los-peligros-de-obediencia


Los peligros de la obediencia

Por: Carlos Gaviria Díaz

A MEDIADOS DEL SIGLO PASADO HArold Laski, el lúcido pensador y dirigente político inglés, escribió un opúsculo inquietante sobre los efectos deshumanizantes que se producen en una sociedad que hace de la obediencia un valor supremo: desaparece la persona como sujeto moral y, va de suyo, se inhibe la construcción de una comunidad democrática libre y deliberante.


Creo no equivocarme si afirmo que es ése uno de los factores, entre muchos, que han impedido que en Colombia haya una democracia de verdad.

Releí el ensayo hace poco, estimulado por la lectura del un libro singular de Michel Onfray, el combativo y original escritor francés, titulado El sueño de Eichmann. En él se reseña algo ya conocido: el criminal nazi, autor y cómplice del horrendo asesinato de centenares de miles de judíos, ilegalmente capturado en Argentina y llevado a Israel, adujo ante el Tribunal que lo juzgó y condenó a la horca, que nada tenía en contra de los judíos pero que había recibido ese mandato superior y para él la obediencia era un imperativo de conciencia. Para dar mayor fuerza a su alegato, arguyó que desde su infancia lo había aprendido en “Kant”, quien en algunos de sus textos exhorta: “Pensad, pensad y pensad, pero obedeced, obedeced, obedeced”.

Si su lectura de Kant fue correcta o precaria, resulta marginal para nuestro propósito. Personalmente me siento inclinado a concordar con Hanna Arendt que opina lo segundo. Pero independientemente de la fuente nutricia invocada, es un hecho histórico incontrovertible que los dirigentes nazis que fueron llevados ante la justicia alegaron en su defensa la obediencia debida.

Pero se dirá: claro el régimen de Hitler fue un régimen no sólo autoritario sino totalitario. En una democracia tal situación sería inconcebible. De acuerdo.

Sin embargo, hay algo que no deja de preocuparme. Mucho me he cuidado de calificar de fascista al gobierno de Uribe. Autoritario sí, de eso no me cabe duda. Pero, para mi sorpresa, a propósito de los procesos abiertos por las interceptaciones telefónicas ilegítimas, hemos escuchado la cantinela monótona de algunos de los inculpados (Andrés Peñate, María del Pilar Hurtado, Marta Leal, Mario Aranguren, etc.): “Actuamos acatando órdenes superiores”. Órdenes ilegales, desde luego, infractoras de la Constitución misma, absolutamente inválidas en un Estado de derecho. La doctora Hurtado incluso ha dicho que el doctor Uribe le indicó que evadiera la acción de la justicia y se arropara en la impunidad, desvirtuando la institución del asilo.

Puede uno entonces desentrañar el sentido de las afirmaciones de algunos de sus ideólogos de cabecera: “El Estado de opinión es una fase superior del Estado de Derecho”. Ahora sabemos en dónde radica esa superioridad.

"Cuando la política es asexuada...", María Jimena Duzán, en Semana

http://www.semana.com/opinion/cuando-politica-asexuada/150975-3.aspx

Cuando la política es asexuada...

Por María Jimena Duzán
OPINIÓNEsos jóvenes políticos temen comprometerse a emitir juicios de valor y navegan en una cómoda neutralidad para que nadie se moleste.
Sábado 29 Enero 2011


Desde hace unos años vengo detectando la aparición de unos políticos que han puesto de moda la pragmática tesis de que para hacer política no se necesita tener ninguna ideología ni recurrir a ninguna teoría. Son políticos aguados, neutros, que siempre están al margen de los grandes temas del país porque no quieren que se les ubique en ningún espectro.

No se esfuerzan por tener una opinión formada de nada que les imponga asumir una posición; se distinguen por que todos ellos consideran que para ser un candidato a concejal, a alcalde o a gobernador lo que se necesita es tener las dotes de un gerente -¿para qué mas?-, y aunque casi todos ellos tienen cierto sex appeal personal innegable, son asexuados en política.

Los más preclaros representantes de esta nueva élite son Enrique Peñalosa y Sergio Fajardo. Los dos se han definido siempre como gerentes de la cosa pública y tanto el uno como el otro se ufanan hasta hoy de haber sido los únicos políticos que en los ocho años de gobierno de Uribe no se enfrascaron en la polarización que dividió al país entre uribistas y antiuribistas. "Yo no soy ni antiuribista ni uribista" fue la frase cumbre de Sergio Fajardo que deja al descubierto el talante de estos políticos que se autoarropan también bajo el calificativo de "independientes", aunque en realidad no lo sean. (Y no lo son, porque para ser independientes hay que asumir posiciones, y eso va contra su naturaleza, como tampoco es cierto que hayan mantenido una neutralidad en la polarización durante el uribato: en el fondo, detrás de esa impostada neutralidad, los dos siempre fueron más uribistas que antiuribistas).

Para bien o para mal, su política asexuada hizo escuela y ya cuentan con varios discípulos que van por ese mismo rumbo, muy a nuestro pesar. Me refiero a jóvenes políticos con gran futuro, como David Luna, Carlos Fernando Galán y Simón Gaviria, entre otros. Todos muy preparados, bien intencionados y con un gran sex appeal personal, pero que temen comprometerse en temas nacionales, no se atreven a emitir juicios de valor que pueda demostrar que detrás de ellos hay alguna ideología y que navegan en una cómoda neutralidad para que nadie se moleste.

Ojalá estos jóvenes se bajen de ese bus a tiempo y no dilapiden su capital político como les ha pasado a sus mentores. A pesar de que Peñalosa y Fajardo salieron en hombros de sus alcaldías y de que se les reconoce que bajo su administración tanto Bogotá como Medellín se llenaron de megaobras y de bibliotecas, su carrera política, lejos de despegar, se ha ido apagando.

Ambos han ido de un traspiés a otro. Peñalosa no ha ganado ni una elección desde que salió de la Alcaldía, y me temo que va para una nueva derrota si se presenta como candidato a la administración de Bogotá. A Fajardo no solo le fue mal con su partido inventado a última hora, sino que se le esfumaron los votos que supuestamente le eran fieles en su campaña presidencial. No le votaron ni los paisas, y si quiere ganar la Gobernación de Antioquia en estas elecciones de octubre, va a tener que apercollárseles a los caciques liberales y de Cambio Radical, sus nuevos socios políticos, porque solo con su sex appeal verde no le alcanza. (Como están las cosas, hasta puede terminar apoyado por La U).
¿Y por qué no les sonríe el electorado a estos políticos asexuados si son tan buenos muchachos? Yo me temo que es por una razón muy lógica: porque de tanto andar cacareando su neutralidad, han terminado por no representar nada ni a nadie. El electorado no sabe a qué atenerse con ellos, y como son un enigma, prefiere no votar por ellos. Al fin y al cabo, en una democracia los políticos están para defender posiciones, no para evadirlas, de la misma forma que en un estado de derecho los políticos están para debatir los grandes temas nacionales y no para ignorarlos. Lo último que le puede pasar a este país es que en medio de tanta corrupción en la política, a los políticos que no lo son se les dé por envolverse en una neutralidad impostada.

La política es el arte del poder, como decía Maquiavelo. Y la base de la política son la ideas. Si se las quitamos, la política queda eunuca. Así de simple.