jueves, 16 de febrero de 2012

“El liberalismo se plasma como un nuevo totalitarismo”: Entrevista a Dufour en Página 12

http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-187471-2012-02-13.html


DIALOGOS › DANY-ROBERT DUFOUR, FILOSOFO FRANCES, INVESTIGADOR DEL LIBERALISMO Y SUS CONSECUENCIAS

“El liberalismo se plasma como un nuevo totalitarismo”

Para Dufour, la fase última de los procesos “neo” o “ultra” liberales es totalitaria porque pretende gestionar al conjunto de las relaciones sociales. Es “la dictadura de los mercados” de la que nadie puede escapar.
 Por Eduardo Febbro
Desde París
Algunos ya lo ven terminado, otros a punto de caer en el abismo, o en pleno ocaso, o en vías de extinción. Otros analistas estiman al contrario, que si bien el liberalismo atraviesa por una seria crisis, su modelo está lejos, muy lejos de abdicar. A pesar de las crisis y sus hondas consecuencias, el liberalismo sigue en pie, produciendo su lote insensato de beneficios y desigualdades, sus políticas de ajuste, su irrenunciable impunidad. Sin embargo, aunque siga aún vivo, la crisis ha desnudado como nunca sus mecanismos perversos y, sobre todo, puso en el centro de la escena no ya el sistema económico en el que se articula sino el tipo de individuo que el neoliberalismo terminó por crear: hedonista, egoísta, consumista, frívolo, obsesionado por los objetos y por la imagen fashion que emana de él. La trilogía de la modernidad liberal es muy simple: producir, consumir, enriquecerse. En su último libro, El individuo que viene después del neoliberalismo, el filósofo francés Dany-Robert Dufour plantea una pregunta que pocos se hacen: ¿Cómo será el individuo que surgirá tras los cataclismos y las intervenciones globales del liberalismo?

–El liberalismo, que se presentó como el salvador de la humanidad, terminó llevando al ser humano a un camino sin salida. Usted plantea su fin y se pregunta qué tipo de ser humano surgirá después del ultraliberalismo. –En el siglo pasado conocimos dos grandes caminos sin salida históricos: el nazismo y el stalinismo. De alguna manera y entre comillas, después de la Segunda Guerra Mundial fuimos liberados de esos dos caminos sin salida por el liberalismo. Pero esa liberación terminó siendo una nueva alienación. En sus formas actuales, es decir, ultra y neoliberal, el liberalismo se plasma como un nuevo totalitarismo porque pretende gestionar el conjunto de las relaciones sociales. Nada debe escapar a la dictadura de los mercados y ello convierte al liberalismo en un nuevo totalitarismo que sigue a los dos anteriores. Es entonces un nuevo camino sin salida histórico. El liberalismo hizo explotar al ser humano. El historiador húngaro Karl Polanyi, en un libro publicado después de la Segunda Guerra Mundial, demostró cómo, antes, la economía estaba incluida en una serie de relaciones: las sociales, las políticas, las culturales, etc. Pero con la irrupción del liberalismo la economía salió de ese círculo de relaciones para convertirse en el ente que buscó dominar a todos los demás. De esta forma, todas las economías humanas caen bajo la ley liberal, es decir, la ley del provecho donde todo debe ser rentable, incluidas las actividades que antes no estaban bajo el mandato de lo rentable. Por ejemplo, en este momento usted y yo estamos hablando pero no apuntamos hacia la rentabilidad, sino a producir sentido. En este momento estamos en una economía discursiva. Pero hoy, hasta la economía discursiva está sujeta al “quién gana más”. Cada una de las economías humanas están bajo la misma lógica: la economía psíquica, la economía simbólica, la economía política, de allí el hundimiento de la política. Lo político sólo existe hoy para seguir lo económico. La crisis que atraviesa Europa muestra que cuanto más se profundiza la crisis, más la política deja la gestión en manos de la economía. La política abdicó ante la economía y ésta tomó el poder. Los circuitos económicos y financieros se apoderaron de la política. La crisis es, por consiguiente, general.

–El título de su libro, El individuo que viene después del liberalismo, implica la doble idea de una fase triunfal y de un fin del liberalismo. –Paradójicamente, en el momento de su triunfo absoluto el liberalismo da signos de cansancio. Nos damos cuenta de que nada funciona y le gente va tomando conciencia de esta fallo y tiene una reacción de incredulidad. Los mercados se propusieron como una suerte de remedio a todos los males. ¿Tiene usted un problema? Pues entonces acuda al Mercado y éste le aportará la riqueza absoluta y la solución de los problemas. Pero ahora nos damos cuenta de que el Mercado acarrea devastaciones. Así vemos cómo ese remedio que debía aportarnos la riqueza infinita no trae sino miseria, pobreza, devastación. Desde luego, el capitalismo produce riqueza global pero pésimamente repartida. Sabemos que desde hace 20, 30 años las desigualdades han aumentado a través del planeta. La riqueza global del capitalismo despoja de sus derechos a millones de individuos: los derechos sociales, el derecho a la educación, a la salud, en suma, todos esos derechos conquistados con las luchas sociales están siendo tragados por el liberalismo. El liberalismo fue como una religión llena de promesas. Nos prometió la riqueza infinita gracia a su operador, el Divino Mercado. Pero no cumplió.

–En su crítica filosófica al liberalismo usted pone de relieve uno de los estragos principales que causó el pensamiento liberal: los individuos están sumidos a los objetos, no a los semejantes, al otro. La relación en si, la sensualidad, fue reemplazada por el objeto. –Las relaciones entre los individuos pasan al segundo plano. El primero lo ocupa la relación con el objeto. Esa es la lógica del mercado: el mercado puede a cada momento agitar ante nosotros el objeto capaz de satisfacer todos nuestros apetitos. Puede ser un objeto manufacturado, un servicio y hasta un fantasma a medida construido por las industrias culturales. Estamos en un sistema de relaciones que privilegia el objeto antes que el sujeto. Esto crea una nueva alienación, una suerte de modalidad adictiva con los objetos. Este nuevo totalitarismo que es el liberalismo pone en manos de los individuos los elementos para que se opriman a sí mismos a través de los objetos. El liberalismo nos deja la libertad de alienarnos nosotros mismos.

–Usted sitúa el principio de la crisis en los años ’80 a través de la restauración de lo que usted llama el relato de Adam Smith. Usted cita una de sus frases más espantosas: para esclavizar a un hombre hay que dirigirse a su egoísmo y no a su humanidad. –Adam Smith remonta al siglo XVIII y su moral egoísta se expandió un siglo y medio después con la globalización del mercado en el mundo. De hecho, Smith tardó tanto porque hubo otro mensaje paralelo, otro Siglo de las Luces, que fue el del trascendentalismo alemán. Al contrario de las Luces de Smith, las alemanas proponían la regulación moral, la regulación trascendental. Esta regulación podía manifestarse en la vida práctica a través de la construcción de formas como las del Estado a fin de regular los intereses privados. A partir del Siglo de las Luces hay dos fuerzas que se manifiestan: Adam Smith y Kant. Estos dos campos filosóficos coexistieron de manera conflictiva a lo largo de la modernidad, es decir, a través de dos siglos. Pero en un momento el trascendentalismo alemán se hundió y le dejó el lugar al liberalismo inglés, el cual adquirió una forma ultraliberal. Se puede fechar ese fenómeno a partir del principio de los años ‘80. Hay incluso una marca histórica que remonta al momento en que Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña llegan al poder e instalan la libertad económica sin regulación. Esa ausencia de regulación destruyó inmediatamente las convenciones sociales, es decir, los pactos entre individuos.

–De allí proviene la trilogía “producir, consumir, enriquecerse”. Usted llama a esa trilogía la pleonexía. –El término de pleonexía lo encontré en la República de Platón y quiere decir “siempre tener más”. La República griega, la Polis, se construyó sobre la prohibición de la pleonexía. Puede decirse entonces que, hasta el siglo XVIII, toda una parte de Occidente funcionó en base a esa prohibición y se liberó de ella en los años ’80. A partir de allí se liberó la avidez mundial, la avidez de los mercados, la avidez de los banqueros. Recuerde el discurso que pronunció Alan Greenspan (ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos) ante la Comisión norteamericana después de la crisis de 2008. Greenspan dijo: “Pensaba que la avidez de los banqueros era la mejor regulación posible. Me doy cuenta de que eso no funciona más y no sé por qué”. Greenspan confesó de esa manera que lo que guía las cosas es la liberación de la pleonexía. Y ya vemos ahora adónde conduce.

–Llegamos ahora al después, al hipotético ser humano del después del liberalismo. Usted lo ve bajo los rasgos de un individuo simpático. ¿Qué sentido tiene el término simpático en este contexto? –Nadie es bueno al nacer como lo pensaba Rousseau, ni tampoco malo como lo pensaba Hobs. Lo que podemos hacer es ayudar a la gente a ser simpática, es decir, a no pensar sólo en sí misma y a pensar que para vivir con el prójimo hay que contar con él. El otro está en mí, las imágenes de los otros están en mí y me constituyen como sujeto. La idea misma de un individuo egoísta es un sinsentido porque esto obliga a que nos olvidemos de que el individuo está constituido por partes del otro. Y cuando hablo de un individuo simpático no empleo el término en su acepción más común, digamos alguien simplemente simpático. No. Se trata del sentido que tenía la palabra en el siglo XVIII, donde la simpatía era la presencia del otro en mí. Necesito entonces la presencia del otro en mí y el otro necesita mi presencia en él para que podamos constituir un espacio donde cada uno sea un individuo abierto al otro. Yo cuido del otro como el otro cuida de mí. Eso es un individuo simpático.

–Vamos con la simpatía, pero sobre qué bases se construye el individuo que viene después del liberalismo. ¿La razón, la religión, el deporte, el ocio, la solidaridad, otra idea del marcado? –En este libro hice un inventario sobre los relatos antiguos: el relato del logos, de la evasión del alma de los griegos, el relato sobre la consideración del otro en los monoteísmos. Me di cuenta de que en ambos relatos había cosas interesantes y también aterradoras. Por ejemplo, la opresión de las mujeres en el patriarcado monoteísta equivale a la opresión de la mitad de la humanidad. ¿Acaso queremos repetir esa experiencia? No, por supuesto. Otro ejemplo: en el logos, para que haya una clase de hombres libres en la sociedad es preciso que haya una clase oprimida y esclavizada. ¿Queremos repetir eso? No. Refundar nuestra civilización luego de los tres caminos sin salida que fueron el nazismo, el stalinismo y el liberalismo requiere una refundación sobre bases sólidas. Por eso llevé a cabo el inventario, para ver qué podíamos recuperar y qué no, cuánto del pasado podía servirnos y cuánto no. La segunda consideración atañe a aquello que podría ayudar al individuo a ser simpático antes que egoísta. Para ello es preciso reconstruir un medio donde se pueda ser simpático y no egoísta. En este contexto, la idea de la reconstrucción de lo político, de una nueva forma del Estado que no esté dedicado a conservar los intereses económicos, sino a preservar los intereses colectivos, es central.

–¿Cuál es entonces el gran Relato que podría salvarnos? –Hemos dejado en el camino los grandes relatos de antes y creemos cada vez menos en el gran relato del mercado. Estamos a la espera de algo que una al individuo, es decir, un gran relato. Yo propongo el relato de un individuo que ha dejado de ser egoísta, que no sea tampoco el individuo colectivo del stalinismo, ni tampoco el individuo ahogado en la raza que se cree superior como en el nazismo y el fascismo. Se trata de un relato alternativo a todo esto, de un relato que persiste en el fondo de la civilización. Creo que el valor de civilización occidental radica en que puso el acento en la individuación, es decir, la idea de la creación de un individuo capaz de pensar y actuar por sí mismo. No hay que olvidar la noción de individuo, sino reconstruirla. Contrariamente a lo que se dice, no creo que nuestras sociedades sean individualistas, no, nuestras sociedades son lamentablemente egoístas. Esto me hace pensar que al individuo como tal le queda mucho margen de existencia, que hay muchas cosas de él que no conocemos. Tenemos que hacer existir al individuo fuera de los valores del mercado. El individuo del stalinismo fue disuelto en la masa del colectivismo, el individuo del nazismo y del fascismo fue disuelto en la raza, el individuo del liberalismo fue disuelto en el egoísmo. El individuo liberal es un esclavo de sus pasiones y sus pulsiones. Debemos elevarnos de este camino sin salida liberal para recrear un individuo abierto al otro, capaz de realizarse totalmente. Hay textos filosóficos de Karl Marx que no soy muy conocidos y en los cuales Marx quería la realización total del individuo fuera de los circuitos mercantiles: en el amor, en la relación con los otros, en la amistad, en el arte. Poder crear lo máximo a partir de las disposiciones de cada uno. Tal vez habría que recuperar ese relato del Marx filósofo y olvidar el del Marx marxista.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Se cumplen 100 años de la primera publicación de Fernando González: Boletín Nº 105

http://www.otraparte.org/corporacion/boletin/20111222-bol-105.html
 
Boletín N° 105 - Diciembre 22 de 2011

Se cumplen 100 años de la primera
publicación de Fernando González

Fernando González
“Jugando ajedrez. Fernando debe estar cansadísimo
de jalarse el labio”. (Nota manuscrita en la fotografía).
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El 22 de diciembre de 1911, con tan sólo 16 años de edad y con el título “Notas I”, Fernando González publicó su primer artículo en “La Organización”, periódico liberal de Medellín. Según Faber Cuervo, cuyo artículo “La prehistoria de Fernando González” reproducimos en este boletín para celebrar el aniversario, “desde esta precoz publicación, González preanuncia, en una suerte de fatalismo intuitivo, su vida de ‘lucha hasta morir en el aislamiento’; su propio y arduo camino de batallas filosóficas incomprendidas; su existencia de lobo estepario; su inclinación al dolor, ya que ‘las inteligencias mediocres se encuentran mejor en el mundo, pues para ellas la vida es más liviana’”. Tres meses antes, el 20 de agosto, había sido expulsado por los jesuitas del colegio San Ignacio porque sus lecturas de autores prohibidos “han apagado en su entendimiento la luz de la fe y han secado en su corazón todo temor saludable”, según explicó el padre Rector a don Daniel González, padre del joven, y, entre otras razones, porque negó ante el padre Quirós, profesor de filosofía, el primer principio filosófico: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo.
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Yo, señores, fui el niño más suramericano. Crecí con los jesuitas; fui encarnación de inhibiciones y embolias; no fui nadie; vivía de lo ajeno: vivía con los Reverendos Padres... De ahí que la protesta naciera en mí y que llegara a ser el predicador de la personalidad. Mi vida ha estado dedicada a devolverles a los Reverendos Padres lo que me echaron encima; he vivido desnudándome. Soy el predicador de la personalidad; por eso, necesario a Suramérica. Dios me salvó, pues lo primero que hice fue negarlo, donde los Reverendos Padres. Tan bueno es Dios, que me salvó, inspirándome que lo negara. Luego le negué todo al Padre Quirós. ¡El primer principio! Negué el primer principio filosófico, y el Padre me dijo: “Niegue a Dios; pero el primer principio tiene que aceptarlo, o lo echamos del Colegio...”. Yo negué a Dios y el primer principio, y desde ese día siento a Dios y me estoy librando de lo que han vivido los hombres. Desde entonces me encontré a mí mismo, el método emotivo, la teoría de la personalidad: cada uno viva su experiencia y consuma sus instintos. La verdadera obra está en vivir nuestra vida, en manifestarnos, en auto-expresarnos.
Fernando González
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"El maestro de escuela" de Fernando González
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Notas

I
Lo perfecto, “en sí”, no existe, sólo existe con relación al hombre; así uno puede calificar de perfecta una obra, mientras que para otro, de superior inteligencia, no tendrá sino muy escaso mérito. No hay nada que choque tanto como ese empeño de algunos en hacer admirar ciertos libros porque a ellos les parecen sublimes. Existe una gradación inmensa en las inteligencias, y por consiguiente deben existir escritores que respondan a todas las necesidades. Los escritores malos son necesarios para hombres atrasados, de cultura rudimentaria. Sucede que cuando un pensador o artista se eleva demasiado, no es comprendido más que por algunas inteligencias excepcionales y privilegiadas que alcanzan más o menos la inteligencia del pensador o artista. Estos hombres nacieron en época anterior a la que les correspondía y vivieron en un medio que no era el suyo, y lucharon hasta morir en el aislamiento. Talvez por eso dijo Hegel: “No hay más que un hombre que me haya comprendido”; y creyendo eso exagerado corrigió: “y ni aun éste me ha comprendido”. El genio que es sabio como lo fue Spinoza aprende a esperar y guarda su dolor... Y si consideramos el artista cómico, que es superior a su público, y no es comprendido, ¿no resulta trágico y risible? Las inteligencias mediocres se encuentran mejor en el mundo, pues para ellas la vida es más liviana.
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La prehistoria de Fernando González

Por Faber Cuervo
Un jesuita suelto, orillas de La Ayurá
Un adolescente flaco, peludo, de mirada incisiva, recorría, de arriba abajo, las cuatro calles empedradas que tenía Envigado en el año 1912. Con frecuencia se le veía, solo, bajo la ceiba diagonal a la iglesia o en las mangas que circundaban el pequeño poblado. Pero, a partir de un día cualquiera del siguiente año, no se le volvió a ver en sus andanzas.
Aquel muchacho taciturno se había rapado la mitad de la cabeza para obligarse a permanecer dentro de su casa, y así poder armar su primer libro, paradójicamente llamado Pensamientos de un viejo. Cuando no escribía, se refugiaba en un rincón de su nido familiar y allí leía durante largas horas a Píndaro, Safo, Nietzsche y Spinoza.
Era un ser precozmente introspectivo. Cargaba, en sus haberes no tangibles, con ocho años de disciplina jesuítica: madrugones, estudio permanente, templanza y reflexión. Sin embargo, era, ya, un estudiante expulsado del colegio San Ignacio de Medellín, por haber negado el primer principio al padre Quiroz, su profesor de filosofía. Era, pues, un jesuita suelto en busca de un Dios interior. Para lograrlo, agregaba vivencias diferentes al estilo estoico de la orden, contraviniendo así, la debida fidelidad a las “cautelas” que proponía el padre Ladrón de Guevara.
A orillas de La Ayurá, lo volverían a ver, al poco tiempo —solitario siempre—, con la única compañía de los mangos y los guayabos que cerraban filas en torno a una corriente musical que surgía de las encrespadas aguas de la quebrada. Un halo misterioso rodeaba sus jornadas de meditación. Entre ese joven y la exuberante geografía se cuajaba una respetuosa armonía; eran como dos fluidos de entidades distintas que se cruzaban en sus límites y se amalgamaban en una sustancia común. Testigos de ello fueron la bella Sabina y sus 100 niños, quienes, desde la espesura, intuyeron esa alianza secreta. En esas correrías preliminares, se fue gestando su original mirada, despojada de filtros y prejuicios; tal vez fue allí donde empezó a labrarse esa mística advertencia que publicaría, veinte años después, en su revista Antioquia:
“No quedará otra voz que la nuestra, lejana y solitaria, orillas de La Ayurá”.
Ese rebelde del espíritu no tendría otro destino que el de ser incomprendido por una mayoría de paisanos que no se atrevían a traspasar más allá de sus ruanas y de sus sombreros, en el cultivo de su individualidad. A la postre, la búsqueda de sí mismo ha sido manjar, sólo para escogidos ermitaños; todos queremos reír o llorar, y sabido es que “el filósofo que entiende, ni ríe ni llora”.
Ese pensador suelto, a orillas de La Ayurá, tuvo que elaborar —él solo— su revista para poder crear filosofía viva, “ese arte sencillo de observar cautelosamente, agrupando hechos que luego se enuncian como proposiciones madres”. Debió encariñarse obstinadamente de los embates contra el gregarismo, para llegar a ser beato, es decir, aquel ser que disfruta intensamente de lo bello sin apropiarse de él, sin corromperse. Entonces, se desencantó del especial vaivén de los santos de palo y devino en religioso cósmico, para poder manifestar su propio estilo, para expresar, con amor profundo al prójimo, el inmenso dolor que le produjeron los sentidos y el presente.
Para no ser opinante
Los pensadores, no solamente, se labran en la soledad beata de sus retiros espirituales. Es verdad que ellos han necesitado conversar con los siglos, a través de la lectura esteparia de los testimonios impresos, pero, también han tenido que salir a husmear la realidad y a confrontar sus ideas con las de otros meditabundos, quienes abrigan, de modo similar, inquietudes vitales. Sus primeros aprendizajes han estado dirigidos, tanto por autores universales y perennes, como por otros, contemporáneos y, apenas, en la búsqueda de un sistema de pensamiento que los distancie de “Los Opinantes”, denominación que el filósofo Alberto Restrepo González hace de aquellos que hablan sólo por figurar. Sus primeros balbuceos han encontrado, muchas veces, un oído generoso que les hace eco, ya sea mediante el consejo sabio o el ofrecimiento de un pequeño espacio de expresión, para que empiecen a ensayar el vuelo abstracto.
Este es el caso de nuestro pensador de la autenticidad suramericana, Fernando González Ochoa, un envigadeño autoexpresivo, quien tuvo en su hermano mayor, Alfonso, a un atento oyente, a un comentarista y a un enlace con los editores. Valga recordar que Don Alfonso González Ochoa fue el padre del periodismo envigadeño, pues fundó Vox Populi, el primer periódico que conoció esta ciudad en el año 1912. Don Alfonso prologó y ayudó a su hermano en la publicación de algunas de sus obras filosófico-literarias.
A sus escasos 17 años de edad, y recién expulsado del Colegio de los Jesuitas en Medellín, González caminaba despacio las cuatro cuadras que tenía su pueblo natal. Se detenía en cualquier esquina, observaba y reflexionaba acerca de los rutinarios hechos domésticos, apoyado, no sólo, en la lectura de las obras de los más importantes poetas y filósofos griegos y latinos, en la visión escéptica de Federico Nietzsche y Arturo Schopenhauer, y en rudimentos de la Crítica de la Razón Práctica de Inmanuel Kant, sino en sus propias intuiciones dignas de un inconforme suramericano que anhelaba construir su propia cosmovisión. Es decir, ese muchacho menudo, de mirada penetrante, ya poseía un incipiente arsenal de conceptos que empezaban a fraguar su particular crítica al hombre suramericano, que gusta imitar al europeo en todo y que se avergüenza de su ascendencia indígena y negra. En su mente empezaba a agitarse una palabra nueva para el Nuevo Mundo que la requería para empezar su liberación mental, su ascenso lento y tortuoso hacia la autodeterminación y concienciación. Dicha palabra nueva no daba tregua en el discurso negativo que daba vueltas en la cabeza del joven pensador; la sentía como un mensaje represado que debía compartir con sus paisanos, quienes asistían metidos entre ruanas y sombreros a la majestuosa Iglesia de Santa Gertrudis para escuchar los dogmas, bien intencionados, del párroco Jesús María Mejía.
Bajo este primer impulso creador, y gracias al apoyo que le brindó su hermano mayor, empezó a publicar algunos ensayos en el periódico local Vox Populi. Estos ensayos serían la prolongación y profundización de otros que había publicado un año antes (desde el 22 de diciembre de 1911) en el periódico La Organización de Medellín, con el título Notas. Eran, estos, unos ensayos breves, acerca de la meditación filosófica, el escepticismo, la alegría, la verdad, la perfección y las inteligencias mediocres, en los cuales aparece claramente, una admiración hacia las obras de Nietzsche y de Spinoza.
Aparición pública
En honor al rigor histórico, la primera oportunidad para publicar que tuvo el maestro Fernando González, se la ofrecieron don Libardo López y don Roberto Botero, directores de La Organización, un periódico liberal de Medellín, el cual publicaba artículos de los ensayistas Baldomero Sanín Cano y Luis López de Mesa, del botánico Joaquín Antonio Uribe, del cuentista Alfonso Castro y del poeta Luis Carlos López. En este periódico apareció el primer escrito público de nuestro pensador de la americanidad, fechado el día viernes 22 de diciembre de 1911 con el título Notas I (González contaba 16 años de edad), donde discurre sobre la gradación de las inteligencias. Desde esta precoz publicación, González preanuncia, en una suerte de fatalismo intuitivo, su vida de “lucha hasta morir en el aislamiento”; su propio y arduo camino de batallas filosóficas incomprendidas; su existencia de lobo estepario; su inclinación al dolor, ya que “las inteligencias mediocres se encuentran mejor en el mundo, pues para ellas la vida es más liviana”.
Se perfiló desde esa adolescencia rebelde y solitaria, su vocación inclaudicable: pensar (“lo único que me gusta hacer es pensar, por ahí debajo de los árboles”, dijo varias veces). La coherencia, unidad y claridad de ese primer texto, revela la solidez de un proyecto de personalidad que tuvo González desde muy temprana edad. Para tener una mejor valoración de esta primera incursión pública de nuestro pensador, leamos directamente su ensayo y saquemos nuestras conclusiones.
Notas I. Lo perfecto, “en sí”, no existe, sólo existe con relación al hombre; así uno puede calificar de perfecta una obra, mientras que para otro, de superior inteligencia, no tendrá sino muy escaso mérito. No hay nada que choque tanto como ese empeño de algunos en hacer admirar ciertos libros porque a ellos les parecen sublimes. Existe una gradación inmensa en las inteligencias, y por consiguiente deben existir escritores que respondan a todas las necesidades. Los escritores malos son necesarios para hombres atrasados, de cultura rudimentaria. Sucede que cuando un pensador o artista se eleva demasiado, no es comprendido más que por algunas inteligencias excepcionales y privilegiadas que alcanzan más o menos la inteligencia del pensador o artista. Estos hombres nacieron en época anterior a la que les correspondía y vivieron en un medio que no era el suyo, y lucharon hasta morir en el aislamiento. Talvez por eso dijo Hegel: “No hay más que un hombre que me haya comprendido”; y creyendo eso exagerado corrigió: “y ni aun éste me ha comprendido”. El genio que es sabio como lo fue Spinoza aprende a esperar y guarda su dolor... Y si consideramos el artista cómico, que es superior a su público, y no es comprendido, ¿no resulta trágico y risible? Las inteligencias mediocres se encuentran mejor en el mundo, pues para ellas la vida es más liviana. (Fernando González. En: La Organización, N° 743, Medellín, diciembre 22 de 1911).
Se puede discrepar de la “elevada” estimación que el adolescente González tenía del encumbrado Hegel. Es innegable el inmenso aporte que el teutón hizo al desarrollo del pensamiento occidental y su posición prominente en la filosofía clásica alemana; sin embargo, fue, también, según William Ospina (“Los nuevos centros de la esfera”), el “trompetero mayor de la ideología purificadora —antimestizaje— y discriminatoria de la raza blanca eurocentrista”, negador de la capacidad y valía cultural de las etnias negra e india.
González, también, intuyó una existencia plena de vicisitudes espirituales; de esto dará testimonio el poeta nadaísta Gonzalo Arango, en su bello poema “Medellín a solas contigo”, cuando dice: “Medellín, te debo gratitud, porque esa tu manera de parir ‘monstruos’ me regaló un santo que fue mi maestro Fernando González. Te vuelvo a bendecir por él, a quien tanto hiciste sufrir, y tanto te amó”. Dando por sentado que González no se incluía en esa pléyade de hombres de inteligencias privilegiadas, a los cuales se refiere en su texto, no es lejana ni ajena a su expectativa existencial el que haya escrito: “Estos hombres nacieron en época anterior a la que les correspondía y vivieron en un medio que no era el suyo”.
Sus primeras intuiciones o ideas madre
¿Qué diría Fernando González acerca de tanta simulación de pensamiento, o mejor, acerca de la trivialización de las actuales filosofías de moda, expresión del tedio europeo y norteamericano? No hay necesidad de especular para contestar ese interrogante. Basta con remitirse a otro de sus primeros escritos, que bajo el título Notas publicó en 1912, en “La Organización” de Medellín:
El escepticismo es muchas veces, resultado de detenido examen y meditación; por eso es menester no mirar con mucha atención a las personas y cosas que amamos. “El alma necesita vivir de alguna cosa”, y para eso hay que engullir algunas supuestas verdades sin paladearlas mucho. Pero, entonces, objetará alguno, el examen nos va arrebatando las ilusiones de la vida. Sí, y muchas otras cosas... El sabio no tiene esa alegría vulgar que es la fórmula de la superficialidad; quizá por eso las mujeres y los niños son tan alegres. La mirada del hombre que ha examinado detenidamente esa mirada que no se admira, nos revela que a él, después de tocar con el martillo a los ídolos, le sonaron a hueco, como le aconteció al psicólogo alemán (...) (La Organización, N° 882, Medellín, noviembre 22 de 1912).
Que González “vivía a la enemiga”, no hay duda. Esa sería su digna constante, pues “nuestros copartidarios no están en los papeles que hoy se publican en Colombia, ni entre los gobernantes, sino en vientres vírgenes aún. (...) Solitarios, jamás copartidarios”. (Revista Antioquia, p.p.: 40-41). Prácticamente, toda la obra adulta del envigadeño es una extensión y profundización de las primeras intuiciones e Ideas Madre que tuvo durante su niñez y adolescencia: “Yo negué a Dios y el primer principio, y desde ese día siento a Dios y me estoy librando de lo que han vivido los hombres. (...) Desde entonces me encontré a mí mismo, el método emotivo, la teoría de la personalidad: cada uno viva su experiencia y consuma sus instintos. La verdadera obra está en vivir nuestra vida, en manifestarnos, en autoexpresarnos” (Los negroides).
El filósofo Alberto Restrepo González argumenta que “en este período de su mocedad, tiene lugar el hecho más decisivo de su juventud y de toda su vida, que orientará toda su tarea, toda su búsqueda por la plena realización viva de la cultura y de la fe: la crisis de la verdad del primer principio”. (Testigos de mi pueblo. Colección autores antioqueños, 1995). Devela, además, aquél: “Al contacto con el pensamiento europeo, no se produjo en Fernando González el fenómeno propio del Opinante americano: transculturar, imitar, memorizar; al contrario, vio en esa realidad europea la confirmación de su vocación nativa de anunciador de la posibilidad de la autenticidad cultural latinoamericana” (Alberto Restrepo. Obra citada, p. 404).
González fue, indudablemente, precursor de una altiva actitud americana: la de pararse frente al mundo real que le tocó vivir. No le dio la espalda a las breñas y selvas de este trópico exuberante; al contrario, se sumergió en éste, y vivió su propio proyecto de vida, de mestizo que libra una lucha de desenredo personal. Contrasta este ejemplo de existencia individual, con la realidad que aún vivimos en América Latina, donde no hemos podido —ni deseado con pasión— vivir nuestras propias vidas y proyecto histórico continental. Seguimos siendo esclavos del pensamiento prestado, y peor, depositarios de la instrumentación positivista y utilitarista anglosajona; sobreviviendo en un contexto de economías marginales, especulativas, pordioseras, rústica despensa complementaria de las economías de los países desarrollados; todo esto exacerbado gracias a los efectos de una generosa globalización, planeada y dirigida, precisamente desde “invisibles” centros de poder.
La búsqueda de modelos
El 9 de noviembre de 1912, González empezó a publicar en Vox Populi (el primer periódico que tuvo Envigado), una columna titulada “De otros siglos”, en la cual describía y comentaba el perfil biográfico de algunos poetas y filósofos. En su primer artículo escribe sobre Safo, la poetisa griega (620–565 a.d.C.). Afirma que muy poco se sabe de ella, debido a la cantidad de fábulas y leyendas que los poetas cómicos griegos acumularon, en razón de su fama. Dice González que, probablemente, le aplicaron historias ocurridas a otras personas, como la que le ocurrió a Calycé, una joven anterior a Safo, quien se arrojó por el promontorio de Léucades, al no poder conquistar el amor de Phaon, joven barquero de Lesbos. El envigadeño cita fragmentos de la Oda a Afrodita y Oda a una mujer amada, y argumenta que el sentido de estos versos ha servido de fundamento para acusar, destructivamente, a Safo por sus “costumbres depravadas”. Podemos encontrar aquí, ya, ese afán que siempre caracterizó a González, por esculcar la verdad, por “no tragar entero”, por rumiar las premisas y configurar su propia interpretación.
Safo fue la primera representante significativa de la poesía lírica griega. Su cultura, inteligencia y ambición, hicieron que ella presagiara su inmortalidad. Nóside, otra importante poetisa griega, le escribió versos emotivos; Horacio le dedicó vibrantes odas; Baudelaire tuvo que presenciar la mutilación de su obra Las flores del mal y la reprobación de su poema “Lesbos”, porque en él Safo se eternizaba, venciendo la muerte. Safo fue una mujer muy sensible; escribió epigramas, epitalamios y odas, donde el tema predominante es el amor a los hombres y en especial a las mujeres. Una tradición conservadora —esa misma que criticó González— ha pretendido demeritar la obra de la poetisa, apoyándose en su homosexualidad y en su suicidio. Para Safo, el amor consiste en la fruición de un placer trascendental que deleita el espíritu y los sentidos, un frenesí erótico que la hace gozar y sufrir, producido por la belleza de sus amigas y por el encanto de la naturaleza. El amor como lo más bello y preciado en la concepción de Safo, es elevado a la categoría de sentimiento universal e irresistible que puede llevar a una mujer prudente como Helena a abandonarlo todo, y a la misma Safo a lanzarse al mar Egeo por el rechazo que sufrió, supuestamente, de un joven pescador.
En un segundo artículo publicado el 23 de noviembre de 1912, González aporta los datos biográficos esenciales de Píndaro, el máximo poeta griego (518–438 a.d.C.); destaca las bruscas transiciones (dulzura y aspereza) de su estilo, y coincide con el crítico Macaulay en que en Horacio eran imitaciones, mientras que en Píndaro eran una necesidad. El filósofo termina su ensayo biográfico así:
Los griegos refieren que un día estaba dormido Píndaro en un jardín lleno de flores, y un enjambre de abejas vino a hacer la miel en sus labios. Esto se puede traducir del siguiente modo. Obra de amor es la obra del poeta. El poeta debe tener la dulzura que prestan los besos de una boca amada: debe servir de panacea en los días de tristuras.
Podemos advertir aquí, que González, antes de ser filósofo fue un admirador de la belleza del lenguaje, quien valoraba con juicio las invenciones de los grandes poetas de la antigüedad. González... ¿filósofo de la estética? El ensayo sobre Píndaro: ¿Germen de la construcción de El Hermafrodita dormido? Píndaro se consagró a la glorificación de los dioses de Hesíodo y Homero, cantó a los cultos tradicionales y a las Olímpicas, a través de himnos, peanes, ditirambos, prosodias, escolias y Threnos. Antes de ser célebre, fue derrotado en cinco sucesivos concursos de poesía, en Tebas, por Corina, otra excelente poetisa griega, su maestra. Los dioses concedieron a Píndaro lo que él les había pedido: la mayor felicidad posible, la muerte “vencido por el sueño”.
Encuentro con un Maestro
Un tercer ensayo, esta vez sobre Sócrates (470-399 a.d.C.), aparece publicado el 10 de diciembre de 1912. González exalta allí el método de enseñanza predilecto del ateniense: la mayéutica o conversación dirigida. Pero, veamos, antes, cómo lo presenta:
La filosofía, es decir, el examen de la razón y valor de las cosas, nos despoja de las ilusiones de la vida. (...) Kant inventó con seriedad verdaderamente alemana, la razón práctica que debía evitarle el escepticismo. Pero la razón práctica no pudo tampoco evitarle el infierno del no creer en nada. Nietzsche, menos compasivo, o mejor dicho, más fuerte, bebió e hizo apurar a los demás un veneno que lleva a la desesperación y a un pesimismo más horrible que el hosco de Schopenhauer. Cuando una sociedad viene, mediante el examen, a este punto, necesariamente aparece un hombre menos resistente al dolor. Pues bien, Grecia estaba ya en tiempo de la guerra del Peloponeso, al borde de este abismo, y entonces, apareció Sócrates, el hombre compasivo, el hombre que tenía todas las malas pasiones, pero que había logrado dominarlas.
Explica González, a continuación, que a Sócrates se le encontraba donde hubiese reunión disputando con los sofistas, a quienes aniquilaba con su dialéctica. Argumenta que estos últimos y los demócratas lo odiaban, pues lo consideraban un conspirador. Recordemos que Sócrates hacía preguntas que resultaban incómodas para el sistema político griego (esclavismo democrático); conducía a la gente a que pensara por sí misma, para que fuera sana de la mente, pues la filosofía era ya para ese tiempo la medicina del alma; la filosofía como parenética (que orienta) y protréptica (que exhorta), hacía preguntarse siempre: ¿y esto (lo que hago o aprendo), qué sentido tiene para mi vida? No es que la filosofía sea algo parecido a la salud, sino que es la salud misma. Pero, sucedió que, en Occidente, la filosofía dejó de ser medicina; la terapia dialógica que produce el filosofar se fue diluyendo con la expansión del positivismo y la racionalidad científico-instrumental. La filosofía se volvió, entonces, “actividad de ociosos o improductivos”, y ¡ah decepción!, para un padre, cuando recibía la noticia de que su hijo o hija quería estudiar esa disciplina. Con el triunfo del totalitarismo del lucro, se convirtió en idealismo inútil el testamento del estoico Séneca (4 a.d.C.-65 d.C.):
Lo primero que promete la filosofía es el sentido común, la humanidad, la sociabilidad; y de esta profesión nos alejará todo radicalismo... Es de saber que nuestro propósito es vivir según la naturaleza; y va contra la naturaleza violentar el cuerpo, odiar el sencillo aseo..., la filosofía exige frugalidad, no penalidad...
Complementemos, interpretando a Nietzsche: lo importante de la filosofía no es enseñar a discutir sino enseñar a vivir, a torear los mensajes tecnocráticos y deshumanizantes de la modernidad occidental. La filosofía que repite platonismos, juegos de palabras y discursos al servicio de tal o cual, es retórica o filosofía mercenaria. Los imperativos categóricos van contra la condición humana, pues cada circunstancia requiere una moral y cada persona elige autónomamente su virtud; a nadie le gusta que le digan cómo debe proceder.
En el ensayo que, sobre Sócrates, escribió González, tal vez esté el estímulo que hizo madurar su inclinación a hacerse acompañar de un interlocutor-caminante, como una forma de afilar sus pensamientos; también, los orígenes de su obra Viaje a pie, unas reflexiones a través de una correría por varios pueblos. La mayéutica, las preguntas sucesivas o el “arte de la comadrona” están presentes en la obra de González. También, la ironía socrática y los alegatos contra las afirmaciones dogmáticas. Tan significativa fue la influencia de Sócrates en el pensamiento de González, que éste revelaría posteriormente en el “Ensayo acerca de la supervivencia del yo”: “Sócrates y Jesús son la fuente de mi religiosidad; me aferro a ellos para conservar la esperanza de no ser borrado como individuo del libro de la vida” (Revista Antioquia, N° 6, 1936).
Una Tesis
Una tesis fue el trabajo con el cual el filósofo de Envigado se graduó, en 1919, como doctor en Derecho y Ciencias Políticas en la Escuela de Derecho de la Universidad de Antioquia. Esta obra, también de temprana juventud, es una muestra de atrevimiento en el ejercicio de pensar desde nuestro mediodía americano, sin filtros gnoseológicos impuestos por “autoridades académicas” o por juegos de verdad y poder, extensiones estos de ideologías dominantes coyunturales.
Desde el título, su trabajo de grado está provocando al lector: Una tesis o El derecho a no obedecer. González no hace de su tesis una “casa de citas”, como dice el profesor Gonzalo Soto, es decir, una lista enorme de pies de página con nombres de autores y de libros que terminan quitándole identidad a un escrito y, más bien, hablan de lo que otros pensaron, no de lo que el autor de la tesis piensa. Esta sola característica de Una tesis ya es un aporte al medio intelectual criollo, que en su época hacía gala de un fastidioso afrancesamiento y sajonamiento. Los trabajos de grado valían según la cantidad de citas que se hicieran de autores famosos, o según el estilo retórico y ampuloso grecolatino. La falta de carácter que ha predominado en la academia colombiana, ratificada por cortes de opinantes aculturados, es objeto en Una tesis, de una tácita y demoledora crítica. González las emprende contra los que aceptan sin rigor alguno y sin digestión cerebral, teorías de moda introducidas por “élites intelectuales”.
El joven graduando despliega en esa época de “calma chicha” un discurso personal que despierta recelo en las gramáticas jurídico políticas de la Escuela de Derecho. Los académicos vetan el nombre original del trabajo (El derecho a no obedecer), y González, quien no se iba por las ramas, decide titularla simplemente Una tesis. Se manifiesta como un pensador independiente que se atreve, con criterio propio, a lanzar su teoría de que “En Colombia no ha regido la ley de la proporcionalidad de las actividades”, con el argumento principal de que “en Colombia hay muchos doctores, muchos poetas, muchas escuelas y poca agricultura y pocos caminos” (Una tesis. Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana, tercera edición, 1995). Una tesis no descubre el agua tibia ni propagandiza ideas oficiales; propone un análisis nuevo partiendo de la realidad. Allí se puede ver, en miniatura, lo que sería su permanente contacto con los hechos cotidianos, con las esencias fenoménicas, pues las formas se las dejaba a los opinantes. Mejor que como lo dijo el pensador Alberto Aguirre es difícil expresarlo:
González fue siempre alguien que no se dejó encasillar por el concepto. Al tiempo que buscaba el mundo, se buscaba en el mundo. Buscaba el ser. (...) Como vivió atisbando el mundo, con la curiosidad de un animal o de un niño, sus conceptos están preñados de realidad. Como untados del barro vital. (...) El pensamiento de Fernando González va adherido a la realidad. El concepto deriva de la realidad, no de otro concepto. (...) Aplicando el oído a la realidad, sin pedantería —sin la pedantería de los conceptos—, logró hacer una sociología de Colombia. Que la visión crítica de una realidad ha de surgir de ésta y no de las teorías. (...) La filosofía brota de la vida y no de los infolios casposos (Revista Antioquia. Introducción. Medellín, Editorial universidad de Antioquia, 1997).
El atrevimiento, la independencia, el carácter, el apartarse de los “juegos de poder y de verdad”, la ironía, su comunión con la esencia histórica, son características de la obra adulta y madura de Fernando González, las cuales ya están presentes en sus escritos de adolescencia y temprana juventud, es decir, en su prehistoria de escritor y pensador. Desde allí, se puede columbrar al filósofo de la inconformidad, al retratista con escalpelo de una fingida sociedad; pero, en especial, al admirador de la belleza y del poder develador —no encubridor— de la palabra. No en vano, llegaría a convertirse en un hondo narrador y ensayista, cuyo pensamiento influiría y sigue influyendo en importantes figuras de la literatura y de la intelectualidad colombiana.
Fuente:
Cuervo, Faber. La frágil tolerancia de Occidente. Grafiformas Ltda., Itagüí, primera edición, abril de 2003, p.p. 77 - 85.

"La renuncia de un profesor": Iván Garzón V., en El Mundo de Medellín

http://www.elmundo.com/portal/opinion/columnistas/la_renuncia_de_un_profesor.php
"La renuncia de un Profesor

Autor: Iván Garzón Vallejo
22 de Diciembre de 2011



Un sano debate público ha suscitado la carta del profesor Camilo Jiménez renunciando a su cátedra de Comunicación Social en la Universidad Javeriana.

Un sano debate público ha suscitado la carta del profesor Camilo Jiménez renunciando a su cátedra de Comunicación Social en la Universidad Javeriana. Si lo he entendido bien, creo que pretende llamar la atención sobre el bajo nivel académico promedio que exhiben personas privilegiadas socialmente y que no se toman en serio la vida universitaria, entretenidos como están con artefactos tecnológicos. Sé que muchos profesores del país y del exterior suscribirían un reclamo semejante. Yo sólo añadiría que, quienes decimos profesar un saber –eso significa ser profesor– no echamos de menos capacidades o talentos en los estudiantes, sino curiosidad intelectual, ganas de saber, compromiso con el conocimiento, y no sólo obsesión con una nota que, a fin de cuentas, es tan sólo un eslabón en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Esta ausencia de curiosidad intelectual y de ganas de saber explica que muchas universidades parezcan clubes sociales, en las que imperan lógicas extra-académicas como el amiguismo, la conveniencia y la mutua complacencia.

Los estudiantes no son los únicos responsables de esta situación: los profesores también lo somos. Y si el reclamo de Jiménez se centra en que muchos estudiantes no saben escribir y no les gusta leer, este mismo diagnóstico se podría hacer de muchos profesores que parecerían haber encontrado en la vida universitaria un lugar donde esquivar el competitivo mundo profesional. No obstante, no parece productivo asumir esta discusión en forma gremial (estudiantes versus profesores) y repartiendo culpas (mal desempeño versus esnobismo), pues la calidad de la vida universitaria es una responsabilidad de unos y otros.

La universidad es una institución que tiene una enorme responsabilidad social: formar los cuadros dirigentes de una sociedad. Si esto es así, si asumimos que la universidad no es un mero peldaño en la escalera de la movilidad social –para los estudiantes– o un oficio más o menos sosegado –para los profesores–, esta sólo podrá cumplir su función a cabalidad en la medida que unos y otros se comprometan seriamente con la excelencia. Afirmar esto en un país plagado de chambonería, corrupción y rezagado en los estándares educativos internacionales parece un lugar común. Pero aún no lo es.

La educación universitaria de excelencia tiene varios enemigos. Uno es cultural, el arribismo: las universidades, sobre todo las privadas, están llenas de estudiantes (y profesores, ya lo dije) que están en el lugar equivocado. Por falta de vocación para una carrera, por falta de capacidades, o por simple desinterés. Muchas familias de clase media y alta consideran un deshonor que sus hijos no cursen una carrera universitaria. Es un asunto de estatus, que genera una inercia social en la que el estudiante quizás no se pregunta con honestidad si está dispuesto a invertir todo lo que aquella requiere.

Otro es el pacto tácito de mediocridad entre profesores y estudiantes que un colega definía como “yo te exijo poco, luego, tú me exiges poco también”. “El profe” popular es el que dice (o piensa) el primer día de clase “por la nota no se preocupen”. Como estudiante, siempre vi en ello una auto-confesión de mediocridad, una especie de proclama de “tome lo que quiera”: a mí me da igual. Pero también, los estudiantes asumen lo que Wiesenfeld define como la actitud del “consumidor descontento”. Por eso, “si no les gusta la nota que reciben, se dirigen hacia el mostrador de ‘devoluciones’ para intentar cambiarla por otra mejor”. Allí se renueva el pacto tácito de mediocridad. Y todos contentos. Pues en eso sí estamos en los primeros lugares del mundo".

"¿Policías y ladrones en el aula?": Jorge Alberto Velásezquez, en El Mundo de Medellín

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"¿Policías y ladrones en el aula?


Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
22 de Diciembre de 2011



Antes se decía que el alumno era para el profesor lo mismo que la arcilla para el orfebre y el artista: un dócil material para dar forma, pulir y entregar a la sociedad como una obra de arte.

Antes se decía que el alumno era para el profesor lo mismo que la arcilla para el orfebre y el artista: un dócil material para dar forma, pulir y entregar a la sociedad como una obra de arte. Hoy esa afirmación queda fuera de contexto, porque desconoce la identidad del sujeto que aprende, su autonomía y su propia capacidad de expresión. Pero así como no puede decirse que el alumno que llega a la institución educativa sea un pedazo de barro para moldear, la relación educativa tampoco puede reducirse a un asunto de buenos y malos, según la visión de quien juzgue.

Sorprende que el tema preferido de muchos profesores sea el de hablar mal de sus estudiantes y, al hacerlo, el de trasladar las responsabilidades por las carencias y vacíos al nivel inferior de la escala educativa: la universidad critica los vacíos del bachillerato, la secundaria se queja de la primaria y la primaria, seguramente, se queja de la familia, porque parece haber abdicado de su misión formadora y educativa por la de simple proveedora de bienes materiales.

No se trata de forzar la cadena para esperar que se rompa por su punto más débil, sino de analizar el sistema educativo en su conjunto, para replantear su papel en la sociedad y redefinir sus responsabilidades. No se trata solo de dar preferencia a la cantidad (todos los gobiernos hablan de cobertura) sino de reforzar los estándares de calidad a la luz de la realidad y de las necesidades colombianas en relación con la época y con las demandas sociales. Y esta revisión debe partir de un punto preciso: que todos los actores del proceso educativo tengan un alto sentido de autocrítica.   

Antes de seguir alimentando el juego de policías y ladrones en el aula de clase, el sector educativo debe recuperar su capacidad de autocrítica y ponerse cada quien en su sitio: los estudiantes deben reconocer que no van al colegio o a la universidad por un título, sino a aprender; los profesores también deben comprender que no se las saben todas, que su responsabilidad es la formación de los alumnos que les entrega la sociedad, vengan bien o mal preparados del ciclo anterior, y que la autoridad emana del conocimiento. A su vez, la sociedad y las instituciones educativas deben valorar más a los profesores, entender que la competitividad no está en las horas de clase a cargo sino en la calidad del proceso pedagógico, que requiere de mucha investigación, teniendo en cuenta que cada hora que se comparte en el salón de clase tiene el sustento de muchas horas de preparación y de otras tantas de evaluación.

Hoy el proceso de formación y aprendizaje se mira más como una relación dialéctica en la que estudiante y profesor aportan y ambos ganan. No es una simple transmisión de conocimientos acumulados, sino una recreación del conocimiento, articulado por la deliberación y la sana crítica.

Esta precisión es necesaria para situar el debate sobre el proceso de formación de los nuevos profesionales colombianos en sus justas dimensiones, que se aparta mucho de ser un simple juego de buenos y malos, como se ha querido presentar durante estos días.

Fenómenos como la globalización y los cambios sociales, económicos, culturales y tecnológicos que vive el mundo de hoy, hacen mayores las exigencias en la formación de los profesionales de todas las áreas del conocimiento. La mayor responsabilidad en el cumplimiento de esta exigencia recae sobre el sistema educativo formal o institucional, que tiene la misión de formar a los estudiantes en competencias básicas, ciudadanas y laborales, tanto generales como específicas, para que puedan alcanzar los niveles esperados de desarrollo personal y social, sean ciudadanos activos, críticos y responsables y se desempeñen con éxito en el sector productivo o de servicios".

lunes, 21 de noviembre de 2011

Artes y humanidades en la educación: Darío Valencia Restrepo en El Mundo

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Artes y humanidades en la educación
Autor: Dario Valencia Restrepo
21 de Noviembre de 2011



“Aprendí a pensar críticamente, analizar en profundidad y escribir con claridad en los cursos universitarios de humanidades, no en los cursos de ciencias. Las humanidades fueron para mí lo más valioso de la escuela.

“Aprendí a pensar críticamente, analizar en profundidad y escribir con claridad en los cursos universitarios de humanidades, no en los cursos de ciencias. Las humanidades fueron para mí lo más valioso de la escuela. Aún hoy, ellas amplían mi pensamiento, me ayudan a hacer conexiones y facilitan mi habilidad para la comunicación.” Así se expresa un profesor de ciencias al observar una tendencia internacional, incluso en nuestro país, a debilitar o suprimir la formación en artes y humanidades en el ámbito universitario, en razón de que ellas no se consideran rentables en un mundo académico que cada vez se orienta más por las señales del mercado, la competitividad en un mundo globalizado y la preparación para los negocios. Y hace un llamado a los científicos y técnicos para que alcen su voz en contra de una tendencia profesionalizante que no prepara en forma integral para la vida.

Cuestión central de la educación debería ser una formación para la democracia y el ejercicio de una ciudadanía independiente, responsable e informada, consciente de los procesos sociales y partícipe en el debate político. Pertinente lo que al respecto estableció la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948: “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos”.

Un completo programa de urgente aplicación en Colombia, otro país que piensa más en el desarrollo económico sin equidad que en el desarrollo humano.

Hoy más que nunca es indispensable el estudio rigoroso de la historia para entender el presente, así como el aporte de filósofos que no escriban para sus colegas sino para los seres comunes y corrientes que intentan dar sentido a sus vidas y que buscan respuestas ante las incertidumbres y desastres del mundo actual.

Con propiedad señala Martha C. Nussbaum, en su libro “Sin fines de lucro – Por qué la democracia necesita de las humanidades”, que las materias de ciencia y tecnología se deben impartir con la mayor calidad, pero no debe olvidarse que con la formación en artes y humanidades se pueden adquirir las capacidades de desarrollar un pensamiento crítico, de trascender las lealtades nacionales y afrontar los problemas internacionales como “ciudadanos del mundo” y de imaginar con compasión las dificultades del prójimo.

De otra parte, el gran pedagogo y Premio Nobel de Literatura Rabindranath Tagore, cuyos métodos revolucionaron la educación en la India pero que hoy están olvidados, escribe algo que resulta increíble cuando registramos que proviene de 1917: “La historia ha llegado a un punto en que el hombre moral, el hombre íntegro, está cediendo cada vez más espacio, casi sin saberlo, al hombre comercial, al hombre limitado a un solo fin. Este proceso, asistido por los avances del progreso científico, está alcanzando proporciones gigantescas, con un poder inmenso, lo que causa el desequilibrio moral del hombre y oscurece su costado más humano bajo la sombra de una organización sin alma”.

La formación artística estimula atributos básicos de utilidad para la vida social y en particular también para las profesiones científicas, técnicas y administrativas. El estudio y práctica de actividades como música, danza, cine y teatro propicia el trabajo en equipo, la  comunicación con otros y las habilidades creativas y de innovación, todo ello transferible y aplicable a otros campos. A su vez, los talleres de artes visuales permiten entender realidades y relaciones no expresables cuantitativamente o en palabras. Agregaríamos que la educación estética conduce a formas éticas superiores, tal como lo ponen de presente los programas musicales dirigidos a los jóvenes de menores recursos en Colombia y sobre todo en Venezuela con el Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles.

viernes, 18 de noviembre de 2011

El XYZ de la Reforma a la Ley 30 de 1992 (Ley de Educación Superior). Por: Leopoldo Múnera

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El XYZ de la Reforma a la Ley 30 de 1992 (Ley de Educación Superior) PDF Imprimir E-mail
Lunes, 24 de Octubre de 2011 07:22
Por: Leopoldo Múnera
1. ¿Para qué y por qué una reforma a la educación superior?
La reforma está dirigida a reestructurar el mercado laboral en función de las nuevas formas de acumulación del capital y de la inserción acrítica y subordinada en la economía global.
Durante la segunda mitad del siglo XX, la baja cobertura en la educación superior colombiana fue compatible con un tipo de desarrollo que no exigía una mano de obra especialmente cualificada. No obstante, los cambios en el proceso productivo, determinados por el post-fordismo y la globalización, exigen en la actualidad la formación de operadores competentes para hacer funcionar la nueva máquina social y productiva del capital en el país. De lo contrario, la competitividad en el mercado global y la capacidad de consumo de los nuevos bienes y servicios continuará siendo muy limitada.
Con este horizonte económico, se pretende que el mercado laboral del futuro esté conformado por una pequeña élite de profesionales con alta formación académica para los cargos directivos y los servicios especializados, un grupo un poco más amplio de profesionales con una formación intermedia y funcional a la máquina productiva, lo operadores calificados, y una gran masa de técnicos y tecnólogos con conocimientos básicos y flexibles, que ejecuten diferentes tipos de tareas cambiantes, sin reflexionar sobre ellas, o que puedan ser los empresarios de su propia pobreza.
Por consiguiente, la reforma a la Ley 30 de 1992 no implica una ruptura del modelo práctico para la educación superior seguido hasta el momento por Colombia, caracterizado por una reducida inversión pública y una educación superior de mediana o baja calidad y pertinencia, sino la profundización y reorientación del mismo, de acuerdo con la nueva fase de acumulación del capital.
Si la propuesta gubernamental es aprobada en el Congreso de la República, seguirán proliferando las instituciones privadas de “garaje” o “condominio” y las instituciones públicas con una pobre financiación estatal, fundamentalmente en las ciudades intermedias o en las capitales de los departamentos con menor presupuesto, al tiempo que se reforzará la mutación de la educación para el trabajo, como la del Sena, en una educación técnica y tecnológica con baja inversión por estudiante y ajena al desarrollo de capacidades críticas o innovadoras.
En términos generales, la educación de las elites se concentrará en unas pocas universidades privadas de alto costo y en algunas estatales con tendencias a asimilarse a aquellas, la de los cuadros medios en el resto de las universidades públicas sumidas en diferentes procesos de privatización o reconvertidas en mixtas y la de la mayoría de la población en la educación técnica y tecnológica de baja calidad, poca creatividad y salarios precarios. De esta forma piensa el Gobierno Santos insertar el país en el mercado global y enganchar la educación superior a las locomotoras del desarrollo.
2. Sin embargo, de acuerdo con la Ministra de Educación, se va a aumentar el presupuesto para la educación superior como nunca antes en la historia colombiana.
Si nos atenemos a las cifras dadas por la Ministra de Educación, sin explicar con claridad la destinación específica de los recursos ni cómo se calcularon, en los próximos tres años se va a incrementar el presupuesto para el sector en 1,5 billones de pesos para generar 600.000 nuevos cupos en el pregrado y 45.000 en el postgrado. Para las instituciones públicas se van a destinar 420.000 millones de pesos “frescos” para generar 95.000 cupos. Además, entre 2012 y 2022 los recursos nuevos llegarán a ser 11.1 billones de pesos.
Sin duda, en términos absolutos el presupuesto va a aumentar. ¿Pero va a suceder lo mismo en términos relativos, es decir en lo que el Estado invierte por cada estudiante, suma que se ha venido reduciendo notoriamente en los últimos años?
Veamos:
De acuerdo con las cifras oficiales, el presupuesto anual por cada estudiante, sumados los de pregrado y postgrado, inscrito en una institución de educación superior, pública o privada, es de $ 4.764.164 (8,06 billones de pesos dividido por 1.691.797 estudiantes) y el de las instituciones públicas es de $4.557.635 (4,24 billones de pesos dividido por 930.307 estudiantes). Ambos son menos de la mitad del presupuesto per cápita mexicano.
En virtud de la reforma se van a destinar 1,5 billones de pesos para los tres primeros años, con el propósito de generar 645.00 cupos nuevos. Es decir, por cada estudiante nuevo se van a invertir $ 2.325.581 para el primer trienio, $ 775.194 por año. Una sexta parte de lo que se invierte en la actualidad. No hay que olvidar que el 76% de los cupos nuevos debe ser ofrecido por instituciones oficiales y que después de 2014 los cupos deberán seguir aumentando hasta llegar a un 64%. de la tasa bruta de cobertura.
A las universidades públicas, que tienen un déficit acumulado cercano a los 715.000 millones de pesos, se les asignará un poco más de la mitad del mismo, 420.000 millones de pesos, en los tres años, con el propósito de que ofrezcan 95.000 cupos nuevos: $4.421.052 por estudiante para el trienio, $1.473.684 cada año. Menos de una tercera parte.
Desde luego, estas proyecciones son meramente ilustrativas, pues los 645.000 cupos nuevos son la meta para el tercer año y para llegar a ella se debe seguir un aumento progresivo. Sin embargo, si calculamos el presupuesto per cápita necesario de acuerdo con el que actualmente existe en las instituciones públicas, los 1.5 billones de pesos solo servirían para 329.118 cupos nuevos en un año, conservando una calidad de la educación mediana y baja.
No es necesario hacer más operaciones, aunque desde luego pueden ser afinadas, para deducir que en las instituciones públicas el presupuesto por estudiante se va reducir y que, por consiguiente, si se aprueba la reforma, el presupuesto relativo de las instituciones públicas va a disminuir.
Dos datos más permiten confirmar este cálculo. Si se estima que por cada treinta estudiantes es necesario un profesor de tiempo completo, promedio muy superior al actual, se deberían contratar 21.500 docentes para atender los nuevos cupos. Si se les pagara un salario promedio bajo, comprendidos todos los gastos laborales, de $2.500.000 mensuales, solo la nómina costaría cada año $650.000 millones de pesos. En tres años superaría el presupuesto previsto en la reforma para el periodo comprendido entre 2012 y 2014. No quedarían recursos para laboratorios, proyectos de investigación, aulas, honorarios de los auxiliares de docencia, equipos informáticos, etc.
Para los subsidios de sostenimiento, matrícula y tasas de interés se prevé $915.000 millones de pesos; $472.868 por año para cada uno de los 645.00 cupos nuevos. ¿Con tan pocos recursos se podrá bajar la tasa de deserción del 45%? ¿El gobierno no está haciendo demagogia con cifras absolutas gigantescas que en términos relativos son diminutas? ¿Si se quiere ofrecer una educación superior de calidad no se debe tener en cuenta el presupuesto por estudiante en las universidades públicas y privadas de calidad que hay en Colombia, el cual fluctúa entre 10 y 22 millones por año? ¿No se deberían incrementar paulatinamente los recursos para la educación superior, como un porcentaje del presupuesto de gastos de la nación, teniendo como referencia las instituciones que el mismo gobierno ha considerado de alta calidad?
3. ¿Con este presupuesto se puede ofrecer una educación de calidad, incluso si el único criterio son las competencias laborales?
La reforma no está orientada a crear una educación superior de calidad, sino a convertir el modelo del SENA, cuya educación para el trabajo fue deformada durante el gobierno de Uribe al disfrazarla de educación técnica y tecnológica de calidad, en la principal alternativa de educción superior para la juventud colombiana, especialmente para los sectores más pobres de la población. Así no tendremos derecho ni a una educación para el trabajo pertinente, ni a una educación técnica y tecnológica de calidad
Para inflar las estadísticas de cobertura, el gobierno de Uribe en un poco más de un año, entre noviembre de 2009 y diciembre de 2010, le dio la certificación de calidad a 72 programas del SENA. Batió así todos los récords latinoamericanos y mundiales. Ese es el camino que desea seguir el gobierno actual: hacer una reforma para la educación superior que se fundamente en una educación para el trabajo travestida en educación técnica y tecnológica y en una educación superior articulada alrededor de competencias laborales acríticas que inhiben la capacidad creativa de los estudiantes.
De los 465.000 cupos nuevos para los próximos tres años, 395.000 (85%) deben ser generados por las instituciones técnicas y tecnológicas públicas, incluido el SENA. ¿De dónde van a salir los docentes especializados? ¿Dónde están los recursos para la formación de profesores que permitan la innovación que requiere el país? ¿Cuál va a ser la inversión en los laboratorios indispensables para que este tipo de educación sea de calidad? ¿La infraestructura se va a reducir a salones para jornadas triples? ¿Es esta la educación superior de calidad que no están prometiendo? ¿De esta manera vamos a superar el 13% de programas, el 8% de instituciones de alta calidad y el 13,5% de profesores con doctorado? ¿Se ha reflexionado sobre el tipo de profesional que necesita Colombia para salir de la situación de pobreza y violencia en la que está sumida o solo se está pensando en crear condiciones para la expansión de la inversión extranjera en el país? La calidad implica pensar en la pertinencia social de la educación superior y en los objetivos colectivos que se pretende alcanzar con ella mediante la formación, la investigación y la interacción con el conjunto de la sociedad.
Cualquiera que sea la manera como el gobierno entiende la calidad está engañando a los estudiantes de educación básica o media y a los padres de familia que esperan en el futuro que sus hijos puedan acceder a instituciones que les ofrezcan una educación superior que le sirva a ellos y a Colombia, y no solo a un pequeño número de inversionistas nacionales y extranjeros.
4. Pero de todas formas fueron retiradas del proyecto de reforma las instituciones con ánimo de lucro.
Las instituciones con ánimo de lucro fueron criticadas por miembros de la comunidad académica colombiana, entre ellos por rectores de universidades públicas y privadas, pues son vistas como un negocio en el que con una baja inversión se esperan sacar grandes ganancias, ofreciendo un producto, la educación, que solo puede ser de calidad cuando se asume como una inversión social destinada a generar beneficios individuales y colectivos, pero no ganancias económicas.
No obstante, el conjunto de la reforma conserva la ideología del ánimo de lucro: ampliación de mano de obra con una formación básica y flexible, baja inversión pública que no implique una mayor carga tributaria y ganancias para el capital, mediante la formación de una fuerza de trabajo de bajo costo. Los intereses del conjunto de la sociedad colombiana son totalmente olvidados.
Adicionalmente, a pesar de las declaraciones de la Ministra, la definición poco clara de las instituciones mixtas deja abierta la posibilidad de que el ánimo de lucro se cuele por ellas y de que sean la única alternativa para las instituciones públicas que por la falta de recursos estatales se encaminen hacia la quiebra. En este caso, estas últimas quedarían listas para someterse al Régimen de Insolvencia Empresarial contemplado en la ley 1116 de 2006 y consagrado en el proyecto de reforma, que curiosamente en su articulado exceptúa a la mayoría de las instituciones prestadoras de servicios públicos, por ser una norma aprobada solo para las instituciones con ánimo de lucro.
El ánimo de lucro no ha desaparecido de la reforma.
Para poder sobrevivir, las universidades públicas colombianas cada vez se parecen más a empresas productoras de mercancías: amplían la contratación de profesores ocasionales a bajo costo, sustituyen las investigaciones que sus comunidades consideran pertinentes por consultorías rentables económicamente para las instituciones y los profesores, o reducen la interacción con la sociedad a la denominada “extensión remunerada”. En consonancia con estas actividades, la dirección académica está siendo sustituida por nuevas formas de gerencia, poco compatibles con las actividades académicas, inspiradas en la simple eficacia económica. De igual manera, los profesores son obligados a comportarse como microempresarios de sus proyectos para poder realizarlos y en medio del mercado de créditos académicos, muchos estudiantes escogen sus asignaturas electivas de acuerdo con un cálculo de costo y beneficio de tipo económico y no del sentido que le desean dar a su formación. Finalmente, la tendencia a privilegiar dentro de los nuevos recursos el subsidio o el crédito a la demanda, destinado a los estudiantes individualmente considerados, sobre el subsidio a la oferta, destinado a las instituciones, crea una competencia universitaria alrededor de la financiación dominada por la reducción de costos y no por la ampliación de la calidad. La reforma va a agudizar estas características que están deformando la educación superior pública con rasgos propios de las empresas con ánimo de lucro.
5. ¿Acaso en la reforma no se define la educación superior como un derecho?
La primera propuesta de reforma elaborada por el gobierno de Juan Manuel Santos fue criticada por los rectores y las comunidades académicas por reducir la educación superior a su condición de servicio público.
En consecuencia, la Ministra de Educación decidió corregir el error en la nueva versión. La educación superior pasó a ser un derecho, un servicio y un bien público basado en el mérito y la vocación. Sin embargo, el texto de la reforma no desarrolla en ninguno de sus artículos lo referente al derecho.
De acuerdo con la caracterización contemporánea más generalizada, acogida por las Naciones Unidas, el derecho a la educación tiene cinco componentes básicos: la asequibilidad o disponibilidad, la accesibilidad, la adaptabilidad o permanencia de los estudiantes, la aceptabilidad o la calidad y el respeto por la diversidad. Ninguno es garantizado en el proyecto de ley, ni siquiera considerado en sus aspectos más elementales.
¿Cuáles y de qué tipo van a ser las instituciones encargadas de garantizar el aumento de la cobertura de tal forma que se realice el derecho mediante la oferta de diferentes alternativas de calidad? ¿Cómo se le va a garantizar a los estudiantes un acceso en condiciones de igualdad y no de segmentación y diferenciación jerarquizada? ¿Qué políticas públicas de bienestar se van a implementar para evitar la deserción? ¿Quién determina la calidad de la educación superior y mediante qué mecanismos participativos? ¿Cómo se va a garantizar la diversidad étnica y cultural definida por la Constitución Política? Ninguno de estos interrogantes puede ser respondido mediante el texto del proyecto de ley, a menos que se recurra a las virtudes mágicas y azarosas de la fórmula manida: más cobertura con menos recursos relativos.
6. ¿La reforma no estructura por primera vez un sistema de educación superior en Colombia?
El sistema que supuestamente va a organizar la nueva ley es más bien un embrollo o conjunto amorfo donde caben todas las instituciones relacionadas con la educación superior en una unidad sin diferenciaciones internas, sin funciones, sin una estructura jerárquica y sin articulaciones entre los distintos tipos de instituciones y con los otros niveles del sistema educativo en su conjunto.
En este maremágnum educativo solo sobresale la omnipresencia del Estado y de sus dependencias como reguladores absolutos de la amalgama educativa. Todas las IES (Instituciones de Educación Superior) tienen autonomía, sin que nadie se haya preguntado por el origen académico de la misma, basado en la existencia de comunidades académicas productoras de sentido social y societal, y en su fundamento constitucional, limitado a las universidades; la educación terciaria, como la ofrecida por el SENA, que ha servido para aumentar la estadísticas de cobertura y los indicadores de financiación, es rebautizada legalmente como superior; los títulos en los diferentes niveles pueden ser otorgados por todas las instituciones, sin importar los requisitos que debe reunir una comunidad académica para ofrecer programas de maestría y doctorado, siempre y cuando tenga la acreditación de alta calidad, conferida por un gobierno con la obsesión de ampliar la cobertura a toda costa; todas pueden organizarse por ciclos; y los dos organismos sistémicos, el CESU (Consejo Nacional de Educación Superior) y el SUE (Sistemas de Universidades Estatales) son, en el mejor de los casos, cuerpos consultivos sin ninguna incidencia en la adopción de decisiones.
De esta manera, la existencia de comunidades académicas compuestas por miembros con altos niveles de formación (la exigencia mínima del título de maestría para los profesores queda reservada en la propuesta de reforma para las instituciones públicas) y caracterizadas por comprender en su complejidad campos de conocimiento diversos, interactuar permanente con la sociedad y articularse alrededor de la investigación, pierde su relevancia ante cualquier tipo de institución que sea considerada por el Estado como de “alta calidad” y que en consonancia con tal calificación tenga la patente de corso para expedir todo tipo de títulos
Este embrollo no constituye un simple recurso retórico, destinado a producir una eficacia simbólica limitada dentro de la nueva norma; es decir, a generar reconocimiento dentro de algunos sectores de las directivas universitarias o de la comunidad académica que con sentido pragmático pueden ver en él un gran avance hacia la constitución de un eventual sistema a mediados del siglo XXI. Permite además ampliar los ámbitos de intervención del Estado en desmedro de la autonomía universitaria, seguir jugando nacional e internacionalmente con las estadísticas de cobertura y de financiación, al fusionar toda la educación terciaria y superior en la masa de las IES, y convertir la denominación universidad, que contiene una rica historia social, política e institucional, en una especie de título nobiliario postrevolucionario: inútil y con muy poca incidencia práctica.

7. ¿Tampoco hay una ampliación de la autonomía?
Como se dijo con anterioridad, la autonomía se extiende a todas las instituciones de educación superior (IES) sin ninguna diferencia. Fundamentalmente se trata de una autonomía empresarial, de gestión, para rendirle cuentas transparentes a un gobierno que en forma heterónoma define el derrotero del sector y se reserva la facultad omnímoda de reconocer o no a las instituciones que participan en él.
La exclusión de los consejos académicos, conformados en su mayoría por los miembros de las comunidades académicas, de los órganos de gobierno, para incluirlos posteriormente, mediante un eufemismo, como cabezas de una dirección académica supeditada al consejo superior, con las características de una junta directiva, no es sino el símbolo del desprecio por la autonomía universitaria que campea en todo el texto de la reforma.
La función de inspección y vigilancia, de la cual afortunadamente se suprimió la inconstitucional intervención directa en las instituciones que incluso estaba prevista como medida preventiva, centrada en los compromisos de cumplimiento, y en la tipificación abierta e imprecisa de las faltas , tiene más bien las características de una función disciplinaria y de control institucional.
En términos financieros, la reforma mantiene las restricciones presupuestales que atentan contra la autonomía universitaria y, en contra de los fallos reiterativos de la Corte Constitucional, somete los nuevos recursos financieros a condicionamientos gubernamentales.
Al igual que la ley 30, el proyecto del gobierno solo reconoce una autonomía institucional restringida en cabeza de las directivas, que a su vez, en las universidades públicas, seguirán siendo nombradas por Consejos Superiores donde la representación de la comunidad universitaria es claramente minoritaria y la influencia del gobierno nacional o departamental decisiva.
Tampoco se reconoce una autonomía sistémica. En el CESU (Consejo Nacional de Educación Superior) las universidades sólo tienen dos representaciones directas en un conjunto de diez y siete miembros, las del Rector de la Universidad Nacional de Colombia y la del Presidente del SUE, mientras el gobierno tiene seis, incluido el Director del SENA, el denominado sector productivo dos, las asociaciones profesionales uno, y las IES en su conjunto los seis restantes. El CNA, a su vez, estará integrado por miembros nombrados por el CESU, y la CONACES (Comisión Nacional Intersectorial de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior) por tres miembros del gobierno y uno del sector productivo. Es decir, en la regulación de la calidad de la educación superior no participan las universidades, tampoco el resto de las IES, a menos que lo hagan como invitadas especiales. Solo el SUE (el retórico Sistema de Universidades Estatales) tiene una composición mayoritaria de las universidades, pero para cumplir tareas operativas y de racionalización y optimización de los recursos. La autonomía sistémica no está ni siquiera en los bordes más lejanos del horizonte de sentido de los reformadores y, por consiguiente, las universidades no van a tener la más mínima injerencia en la formulación de las políticas públicas para el sector o en el gobierno externo de las instituciones.
8. De acuerdo con la Ministra, el último proyecto de reforma fue el resultado de una amplia participación de la comunidad académica en el debate.
Los últimos gobiernos, y también las autoridades académicas de las universidades públicas, han ido institucionalizando lo que en teoría política se denomina una simulacra: la participación de la sociedad en debates destinados a legitimar decisiones previamente adoptadas, la cuales solo sufren retoques en virtud del proceso participativo.
Leopoldo Múnera Ruiz
Profesor Asociado
Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales,
Universidad Nacional de Colombia                                                                                                                                                                              Director Observatorio Nacional de Paz
21 de octubre de 2011
 

martes, 8 de noviembre de 2011

"La difícil búsqueda de la autorealización": Leonardo Boff, en El País, de Costa Rica

http://www.elpais.cr/articulos.php?id=56967



La difícil búsqueda de la autorealización

04/11/2011
por Leonardo Boff
Prevalece ampliamente hoy en día una erosión de los valores éticos que normalmente eran vividos y transmitidos por la familia y después por la escuela y la sociedad. Esa erosión ha hecho que las estrellas-guía del cielo quedasen encubiertas por las nubes de intereses dañinos para la sociedad y para el futuro de la vida y el equilibrio de la Tierra.
No obstante esta oscuridad, hay que reconocer también
la aparición de nuevos valores ligados a la solidaridad internacional, al cuidado de la naturaleza, a la transparencia en las relaciones sociales y al rechazo de formas de violencia represiva y de transgresión de los derechos humanos. Pero ni aun así ha disminuido la crisis de valores, especialmente en el campo de la economía de mercado y de las finanzas especulativas. Estas son las que definen los rumbos del mundo y el día a día de los asalariados, que viven bajo la permanente amenaza del desempleo.
Las crisis recientes han denunciado a las mafias de especuladores instalados en las bolsas y en los grandes bancos, cuyo elevado número y capacidad de rapiña del dinero ajeno casi hizo derrumbarse el sistema financiero mundial. En vez de estar en la cárcel, tales bellacos, después de pequeños reajustes, han vuelto al antiguo vicio de la especulación y al juego de la apropiación indebida de los «commons», de los bienes comunes de la humanidad (agua, semillas, suelos, energía, etc.).
Esta atmósfera de anomia y de que todo vale, que se extiende también a la política, hace que el sentido ético quede embotado y, ante la corrupción general, las personas se sientan impotentes y condenadas a la amargura ácida y a la resignación humillante.
En este contexto muchos buscan sentido en la literatura de autoayuda, hecha de trozos de psicología, sabiduría oriental, espiritualidad con recetas para la felicidad completa, todo ello una ilusión, porque no se sustenta ni se apoya en un sentido realista y contradictorio de la realidad. Otros se procuran psicólogos y psicoanalistas que dan consejos mejor fundados, pero en el fondo todo termina con las siguientes recomendaciones: dado el fracaso de las instancias creadoras de sentido, como son las religiones y las filosofías, y habida cuenta de la confusión de visiones del mundo, de la relativización de valores y del vacío del sentido existencial, busque usted mismo su camino, trabaje su Yo profundo, establezca usted mismo referencias éticas que orienten su vida y busque su autorrealización.
Autorrealización: la palabra mágica cargada de promesas.
No seré yo quien combata la autorrealización después de haber escrito El águila y la gallina, una metáfora de la condición humana (Trotta 2002), libro que estimula a las personas a encontrar en sí mismas las razones de una autorrealización sensata. Ésta resulta de la sabia combinación de la dimensión águila y de la dimensión gallina. Cuándo debo ser gallina, es decir, concreto, atento a los desafíos de lo cotidiano, y cuándo debo ser águila que busca volar alto para, en libertad, realizar potencialidades escondidas. Al articular tales dimensiones se crea la posibilidad de una autorrealización exitosa.
Pienso que esta autorrealización sólo se alcanza si incorpora seriamente otras tres dimensiones. La primera es la dimensión de sombra. Cada cual posee su lado autocentrado, arrogante, y otras limitaciones que no nos ennoblecen. Esta dimensión no es un defecto sino un signo de nuestra condición humana. Acoger tal sombra, y cuidar de que sus efectos negativos no alcancen a los demás, nos hace humildes, comprensivos con las sombras ajenas y nos permite una experiencia humana más completa e integrada.
La segunda dimensión es la relación con los otros, abierta, sincera y hecha de intercambios enriquecedores. Somos seres de relación. No hay ninguna autorrealización si se cortan los lazos con los demás.
La tercera dimensión consiste en alimentar un cierto nivel de espiritualidad. Con esto no quiero decir que la persona deba pertenecer a alguna confesión religiosa. Puede ocurrir pero no es imprescindible. Lo importante es abrirse al capital humano/espiritual que, al contrario del capital material, es ilimitado y hecho de valores como la verdad, la justicia, la solidaridad y el amor.
En esta dimensión surge la pregunta inaplazable: ¿Qué sentido tiene al final mi vida y todo el universo? ¿Qué puedo esperar? ¿La vuelta al polvo cósmico o el abrigo en un Útero divino que me acoge así como soy?
Si esta última es la respuesta, la autorrealización traerá profundidad y una felicidad íntima que nadie puede quitar.

COLOMBIA, EL TERCER PAÍS MÁS DESIGUAL DEL MUNDO: ANÁLISIS EN PORTAFOLIO

http://m.eltiempo.com/economia/negocios/impuestos-son-la-clave-para-que-exista-equidad-segun-experto/10713350/1/home


Impuestos son la clave para que exista equidad según experto

Impuestos son la clave para que exista equidad según experto
Ricardo Bonilla es economista, con Maestría en comercio de la Universidad de Rennes (Francia).

Ricardo Bonilla explica por qué el país, pese a haber avanzado, es tercero con mayor desigualdad.

Que el desempleo haya llegado a un dígito, que la esperanza de vida haya crecido en 30 años en el último medio siglo y que varios índices que miden la calidad de vida digan que el país marcha muy bien, no significa que seamos un país equitativo.

Así lo explica Ricardo Bonilla, del Centro de Investigaciones para el Desarrollo de la Universidad Nacional, CID, que habló con EL TIEMPO, a propósito del más reciente informe de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, que ubica a Colombia como el tercer país más desigual, entre 129 estudiados, y solo por debajo de Haití y Angola.

¿Qué explica que un país en franco ascenso económico aparezca tan mal ubicado?
Porque el indicador de desigualdad tiene sus trampas, un país muy igualitario es Cuba, pero usted ve que, aunque igualitario, allí hay muchas penurias. Una cosa no quita la otra. Colombia tiene unos ingresos más altos pero no ha hecho la tarea en el tema de la desigualdad.

¿Qué tan grande es la brecha?
El 10 por ciento más rico de los colombianos, 4,6 millones, posee el 45 por ciento de la riqueza. Si le sumamos a los segundos más ricos, en total 9 millones, ambos concentran el 61 por ciento de la riqueza. Y esto quiere decir que los 37 millones de colombianos restantes solo tienen acceso al 39 por ciento de la riqueza.

¿Y no incide que hoy haya menos desempleo?
Mire, en 1994 había 14 millones de trabajadores, 8 millones asalariados y 4 millones independientes, el resto patronos, servicio doméstico y familiares. Hoy hay 20 millones, pero 6 millones son asalariados y 9 millones independientes, en estos últimos están las cooperativas de trabajo, los emprendedores que buscan sobrevivir, y esto no es empleo de calidad.

¿Qué factores inciden más en la desigualdad?
Son cuatro principales: la mala distribución de la tierra, hay 3 millones de familias campesinas con solo 5 millones de hectáreas y al otro extremo un grupo de 3 mil propietarios que tienen 40 millones de hectáreas. La concentración del capital accionario, el país tiene 2 millones de accionistas, pero solo 2.000 de ellos tienen el 82 por ciento de las acciones. La brecha en la educación: la escolaridad no es la misma en los ricos que en los pobres. Y la política tributaria, que en Colombia no es progresiva y está erosionada por exenciones, y en eso el gobierno anterior fue un campeón.

¿Por dónde comenzar a solucionar este problema?
Por una real reforma tributaria, progresiva en el impuesto de renta, sin exenciones. Por una reforma agraria, que podría comenzar con la aprobación de la Ley de Víctimas. Y con mucha voluntad política.